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  • 20-10-2017
    ¿Y ahora qué?
    Los adversos resultados de la más reciente justa electoral para escoger gobernadores, han dejado a Venezuela con un mal sabor en la boca. Y es que el agotamiento por la tensa situación que vive el país se siente en el aire, especialmente tras unos comicios sin brújula, que han profundizado las fracturas nacionales.

    Los resultados adversos para las fuerzas alternativas democráticas no solamente han traído desaliento, sino enfrentamientos. Porque la resaca post electoral nos ha encontrado buscando culpables en el vecino, atentos a quién nos pueda servir para descargar la frustración y la rabia.

    Mientras unos culpan a la abstención, otros lo hacen con el fraude. Y parcialmente hay razón de lado y lado.

    Lo importante, lo más urgente, es detener de inmediato esta polémica fratricida que nos aleja de nuestros objetivos como nación a paso de vencedores.

    La vorágine política de los últimos meses, alimentada por la adversa situación económica, ha desatado pasiones mal enfocadas que nos hacen canibalizarnos entre nosotros. Y eso, hay que reconocerlo.

    La Unidad, ese baluarte para lograr nuestras metas, está seriamente golpeado. Se había logrado tras años de ensayo y error, de conversaciones, de afinar estrategias, de aprender a convivir con quien no siente ni piensa igual, pero tiene el mismo objetivo legítimo que nosotros.

    Y obtuvimos victorias políticas y electorales. Y logramos ponerle un muro de contención a un poder avasallante que, de manera irracional, buscaba arrasar con todo lo que no fuera igual a él.

    Y también es importante en este momento tener ese referente. Porque hemos hecho las cosas bien en el pasado, a costa de “sangre, sudor y lágrimas”, como diría Winston Churchill.
    Pero también hay que reconocer que ese accionar correcto, se ha diluido en enfrentamientos, en imprecisiones, en extravíos y atajos.

    Son múltiples los factores que desembocaron en el revés actual. Y el primer paso para superarlos, es detectarlos y asumirlos.

    El “sistema fraudulento" es una entelequia mágica para buscar justificaciones simplistas, que no es la explicación más acertada para toda una serie de situaciones irregulares que rodean los procesos electorales.

    Recordemos la acumulación de poder en manos del Ejecutivo y la presión a los empleados públicos, los cambios de centros de votación, la propaganda a través de medios del Estado aunada a las estrictas regulaciones para los canales de exposición de los candidatos de la Unidad.

    El ventajismo oficialista está a ojos vista y no tiene pudor alguno. Más que un “fraude” –entendido como voltear unos números-, se trata de una compleja construcción de factores que inclinan la balanza a favor del brazo fuerte sin el menor recato.

    Luego, del lado nuestro, han sucedido muchas y cosas muy lamentables. Los desfases entre dichos y hechos, los llamados contradictorios a la calle y a votar, el desconocimiento del gobierno, cambiando al otro día por una campaña electoral, denotan que ya no estamos unidos, como en los tiempos cuando ganábamos espacios a favor de la democracia.

    La gente no ha perdonado estas contradicciones. Y tampoco ha perdonado el no ser escuchados.

    No podemos creer en caudillismos encantadores de masas que las lleven a donde les plazca, porque si no, no estaríamos de este lado de la acera, sino del otro.

    El acompañamiento ciudadano a las iniciativas del liderazgo político se materializa en tanto y en cuanto estos líderes realmente representen a quienes dicen representar. Cuando leen sus necesidades, reclamos y urgencias, y proceden en consecuencia.

    El trabajo de base en las comunidades no puede cesar jamás. Como tampoco puede cesar la labor de escuchar, de tomar el pulso, de anotar lo visto, escuchado y sentido.

    Se enarbola el voto castigo contra una administración nefasta, que sin duda lo merece; pero en paralelo hay que ver más allá. ¿Qué más se ofrece? ¿Cuál es el rumbo? ¿Qué va a sustituir a un proyecto fracasado cuando finalmente se le venza su tiempo histórico?

    No podemos ser simplemente reactivos, porque eso fue lo que nos hizo perder el rumbo. Y las fisuras dentro de la coalición democrática fueron rápidamente percibidas por la gente, con la consecuente pérdida de confianza.

    Puede que estos comentarios caigan mal a unos cuantos; pero también el hecho de exponerlos, nos separa de aquello a lo que no nos queremos parecer, nos diferencia. Porque los mandatos verticales y sin apelación no están de este lado. Porque debemos propiciar la autocrítica si queremos retomar un rumbo, que una vez existió y que se extravió; pero que puede ser retomado y robustecido, en tanto y en cuanto tengamos en las manos la verdadera causa del revés y no nos conformemos con salir a la calle a buscar culpables externos.
    La tarea número 1 del día después, es mirar hacia adentro.

    David Uzcátegui

    Twitter @DavidUzcategui
    Instagram @DUzcategui
  • 13-10-2017
    "De Gira"
    La más reciente gira internacional del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, es literalmente un tiro que salió por la culata, desde nuestro punto de vista.

    Y es que este tipo de periplos tienen por objeto conseguir alianzas internacionales. Pero en el contexto de todo lo que sucede en nuestro país y de la conciencia que hay de ello a nivel mundial, no resulta más que una reafirmación de que “algo huele mal en Dinamarca”, como diría el famoso personaje de William Shakespeare.

    En primer lugar, habría que revisar quiénes fueron los que recibieron al representante venezolano. Rusia, Bielorrusia, Argelia y Turquía, no son los modelos de desarrollo más ejemplares, ni en lo político ni en lo económico.

    Las notas de prensa oficiales aseguran que “Venezuela tiene acuerdos en materia energética, agroindustrial, turística, militar, científica, tecnológica, comercial, financiera e industrial” con las naciones mencionadas. Pero habría que ver los aportes cualitativos de estas en los campos mencionados, con lo cual probablemente confirmaríamos dos cosas: una, que son acercamientos movidos más por la afinidad ideológica y política que por la conveniencia nacional. Y la otra, que los países que realmente están a la vanguardia en estos campos, quizá otorguen muy escaso beneficio de la duda a quienes hoy administran nuestra nación.

    Adicionalmente, se han deteriorado de manera sensible los vínculos con países de los cuales sí podríamos sacar ventaja para robustecer el nuestro, entre otras cosas, por esa suerte de “política de carrito chocón” que ha marcado las dos décadas de la autodenominada revolución.

    Luego, habría que poner la lupa al objetivo de este viaje, que no es otro que conseguir un oxígeno financiero para la deteriorada economía del país. Eso lo saben todos los anfitriones. Y por supuesto, están como caimanes en boca de caño, esperando a ver cuál provecho pueden sacar de la riquísima pero maltratada Venezuela.

    El mismo mandatario aseveró al regresar, que “Esta gira por la ruta del nuevo mundo ha sido un éxito total, desde el punto de vista económico y financiero para el proceso de la recuperación del país”, con lo cual reconoce abiertamente el estado actual de nuestra patria.

    Incluso, habla de “acuerdos de beneficio mutuo, de ganancia compartida”, a los cuales habría que leer la letra pequeña. Nadie da nada por nada y es ya vox populi la desventajosa posición del actual gobierno venezolano para cualquier tipo de negociación. Hecho que nos puede costar la imposición de la parte estrecha del embudo. Muy estrecha.

    Ese mundo de allá afuera, se pone cada vez más estrecho. Los intereses con los que se pecha cualquier préstamo a Venezuela son cada vez más altos, por eso que los expertos denominan “el riesgo-país”. Las garantías exigidas son cada vez mayores. Y el deterioro que en todo sentido sufrimos, nos resta vigor para negociar.

    También hubo un llamado –otro más- “a los países productores para trabajar en conjunto y así alcanzar la estabilidad del mercado petrolero”.

    Esto indica, que aún se tiene la ilusión de que el fallecido ex presidente Hugo Chávez fue el artífice del alza de los precios del petróleo en la década pasada. Un muy conveniente mito que se ha alimentado hasta la saciedad, y que no toma en cuenta los complejos vaivenes de la geopolítica mundial, que son los verdaderos relojes de estos hechos.

    Es triste decirlo, pero nuestro país se mueve actualmente a contrapelo de la industria petrolera mundial, accionando sin estrategia y con desesperación por el adverso momento que vivimos. Y la desesperación no es buena consejera. El liderazgo nacional en el mundo de los hidrocarburos es cosa del pasado y cualquier llamado que no esté alineado con las realidades de ese mercado, es predicar en el desierto.

    Tampoco es novedad la “neolengua” con la cual se empaqueta este regalo. “Victoriosa gira”, “Triunfo para Venezuela”, “Construir las bases de la seguridad social”, son fórmulas más que escuchadas y gastadas en todos estos años. Suenan vacías, huecas, no dicen nada, cuando contrastan con los hechos, que no son otros que el continuo retroceso de la calidad de vida de los venezolanos. Quizá quepa más bien aquí el término aquel de “victoria pírrica”, entendido como un éxito obtenido a costa de enormes pérdidas.

    Nuevamente nos hablan como si hubieran llegado al gobierno ayer, como si los reveses que todos padecemos hubieran tenido otros responsables distintos, como si ellos fueran la solución. Y las giras internacionales son otro reciclar de palabras ya dichas, de discursos ya pronunciados y de noticias que no son nuevas. Nada cambia.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 10-10-2017
    “En igualdad de condiciones”
    Uno de los supuestos, de los “debe ser” de la democracia, es el acudir a las siempre tan esperadas citas electorales en igualdad de condiciones. Pero sabemos que no siempre es así.

    Esto ha sido siempre un dolor de cabeza, porque el menos imperfecto y más perfectible sistema de gobierno que se ha dado el hombre, cojea de ese problema.

    ¿Cómo hacer para que los candidatos oficialistas no avasallen a los opositores, gracias al ventajismo del aparato gubernamental? Y esta es una pregunta que se hacen incluso las democracias más solventes del planeta. Porque el poder siempre tiende a desbordarse, por más ecuánimes que sean las manos que lo manejen.

    Quizá la primera medida de saneamiento sea, justamente, hacerse esa pregunta. El eterno cuestionamiento a sí misma, es también uno de los motores de la democracia.

    Y la sola existencia de esta interrogante, implica que las cosas se quieren hacer bien. Porque se sabe –o hay que saber- que hay que atajar cualquier deterioro de este sistema, por mínimo que sea. Puede constituirse, en caso contrario, en un boquete que crezca y por el cual el barco hace agua. Y eso, nos hunde a todos.

    Todo esto viene a colación, por supuesto, de cara a las próximas elecciones del 15 de octubre.

    Y es que no deja de preocuparnos, entre las numerosas observaciones que nos hace llegar la gente, el hecho de cómo se han desdibujado esta clase de límites en Venezuela.

    Lo deseable sería, por ejemplo, que las máximas autoridades del poder Ejecutivo nacional se abstuvieran de opinar y participar del debate en unas elecciones que son de carácter regional.

    Y esta es la esencia de aquellas democracias que se acercan a la perfección y que tanto admiramos.

    Sabemos que la imparcialidad como tal no puede existir en forma químicamente pura, y que por lo general, algún cabo suelto queda en estas situaciones.

    Pero, en una sociedad ideal, las mismas autoridades serían las encargadas de detectar y corregir estos excesos en una clara autorregulación; amén del deber y el derecho que tienen los actores sociales de señalar las irregularidades. Y la obligación de los gobernantes de escuchar estos señalamientos y atajar los excesos denunciados.

    El deber seria, por ejemplo, que la propaganda electoral se debe equilibrar en todos los medios de comunicación, incluidos los del Estado y que ninguna de las opciones políticas –dos, en el caso de Venezuela- debería tener más presencia que el adversario.

    Esto incluye por supuesto, a las entrevistas y las coberturas de los actos de campaña.

    También se deberían restringir –autorestringir- los comentarios de las autoridades en ejercicio de sus respectivos cargos a favor de candidatos de su tolda, e incluso las fotos, videos o cualquier tipo de imágenes que puedan insinuar un endoso del poder que ostenta un funcionario en favor de quienes vistan su misma franela política.

    Cabría también abrir una discusión sobre cuánto aportan esta clase de desatinos a quienes circunstancialmente usufructúan el poder. Porque el electorado es agudo y sensible, mucho más de lo que se puede imaginar.

    El sentido de justicia de la gente permanece intacto, por lo cual el desequilibrio es percibido y rechazado, haciéndolo contraproducente para quienes busquen ser favorecidos con cualquiera de estas prácticas.

    Y es que, en general, toda esta clase de errores de estrategia parten de una subestimación del elector. Porque la propaganda es uno de los elementos que incide en la toma de decisión final de cada persona respecto a quién será el candidato que va a merecer su voto. Pero hay muchos otros elementos que pesan en la balanza.

    Y por supuesto, esto tiene que ver con la calidad de vida que percibe cada quien en su entorno, y en qué tanto responsabiliza a las autoridades en ejercicio de todo lo bueno o lo malo que le suceda y que provenga de las instituciones responsables de gestionar los distintos aspectos de la vida pública.

    Colocando la saturación de propaganda oficialista en el marco de esta fórmula, y no percibiéndola de manera aislada, es como entendemos que ciertos excesos pueden ser en definitiva contraproducentes.

    Nos gustaría ver equilibrio, civismo, conciencia, altura y crecimiento ciudadano en la justa por producirse en pocos días. Sin embargo, si no lo vemos, o si vemos menos de lo deseable, también será para nosotros una lección como colectividad.

    Porque nos daremos cuenta de lo que no se debe hacer, y por qué no se debe hacer. Y esto nos incluye a todos. Porque intentar generar imposiciones cuando se tienen posiciones de poder, suma menos de lo que se podría pensar.

    Al final del día, intentar detener los cambios históricos que tienen que producirse porque les llegó el momento, es un caso perdido. Y resistirse a ello, deja aún más en evidencia que son necesarios.

    David Uzcátegui

    Twitter @DavidUzcategui
    Instagram @DUzcategui
  • 29-09-2017
    “A votar, una vez más”
    Ante la cercanía de las muy postergadas elecciones regionales, surge una vez más en las calles de Venezuela un debate que ya hemos visto: ¿votar o no votar?

    Se trata de una discusión que no nos cansaremos de dar. Y es que, quienes participaremos en el evento comicial, tenemos como primera tarea el intercambio de ideas, e incluso el debate acalorado, con quienes defienden la opción contraria: el abstencionismo.

    En estos momentos, el talante democrático del venezolano se pone en juego justamente en el marco de estas dos opciones. Porque ambas son entendibles y respetables. El asunto está en que, desde nuestro punto de vista, la alternativa está entre elegir una acción que abre nuevos caminos, o la inacción, que nos encierra en un callejón sin salida.

    Como principio básico, no solamente de supervivencia, sino también de avance, es mejor accionar.

    Con un paso adelante, se detonan nuevas situaciones por principio de vida. ¿Cuáles serán? No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que la otra cara de la moneda nos hundirá en un limbo en el cual estamos renunciando a nuestra posibilidad de emprender acciones efectivas para que algo suceda. Estamos dejando que las cosas pasen, no provocándolas nosotros.

    Sí, hay mucha desilusión en el ambiente. Hay ira, hay indignación. Pero, justamente por ello, el llamado a botón para nosotros mismos es pensar desde la lógica, desde la sensatez y mantener bajo control las emociones, que si bien están más que justificadas, no pueden tomar el mando en este momento.

    Como dicen por allí, piensa mal y acertarás. ¿A quién le conviene la desmovilización? Sí: a nuestro adversario. Y en el juego político, desde que el mundo es mundo, una de las herramientas de quienes pujan por el poder, ha sido quebrar la moral del contrario.

    Parece que la están jugando bien, si vemos las actitudes y comentarios de gente cercana y apreciada por estos días. Pero a la luz de lo que exponemos, ¿no es justamente el momento de sobreponerse y seguir adelante?

    No es fácil, claro que no lo es. Y lo hemos hablado más de una vez en todos estos años. Pero los momentos cumbres de la dificultad son justamente estos, los del desánimo y el derrotismo.

    Por suerte, en la otra cara de la moneda, está un importante contingente de venezolanos que tercamente se empeña en seguir la ruta trazada, que siempre pasará por el hecho de votar.

    Estos años, paradójicamente, han solidificado la conciencia democrática nacional, quizá a fuerza de tanto perseguirla. Vemos en muchos cercanos a nosotros, un sentido de justicia, una verticalidad y un propósito a prueba de fuego. Y ese es el capital al cual tenemos que aferrarnos.

    No cabe aquí y ahora argumento alguno que descalifique lo hecho y logrado hasta el momento, que es bastante.

    Allí está la coalición unitaria de fuerzas alternativas con talante democrático, sigue viva y dispuesta a hacer la tarea.

    La conciencia de la ciudadanía es cada vez mayor, incluso en quienes defienden la opción de abstenerse, y la argumentan con certeras observaciones, algunas de las cuales podemos compartir, otras definitivamente no. Y es que no tenemos en las manos otra propuesta para empujar el cambio, sino esta, que es el voto. Es decir, podemos concordar en el análisis sobre la muy delicada situación del país; pero diferimos en cuál es el próximo paso.

    Y por aquí, tenemos la certeza de que cada vez más gente aprovechará la oportunidad de tomar una acción. Son unos cuantos los indecisos, por así llamarlos, que sopesan las dos posibilidades y que, al momento final acudirán a la cita comicial.

    Nos atrevemos a afirmarlo porque el voto, entre otras cosas, ha servido para atajar males peores. Para poner una raya amarilla, para decir que no estamos de acuerdo, para apoyar a quienes traen una propuesta distinta, para levantar a una nueva generación que ya va sustituyendo paulatinamente a quienes perdieron su oportunidad histórica y van de salida, lo quieran o no.

    La presencia masiva de todos en la calle el día de las elecciones es la confirmación de que no estamos dispuestos a entregar el país, de que no nos hemos rendido, de que seguimos apostando tercamente por el futuro posible que nos merecemos y que reclamamos como el derecho que es.

    Y lo sabemos, el voto es rebeldía. De manera creciente hacemos de cada evento electoral una reafirmación de conciencia, de claridad, de que no nos dejamos meter gato por liebre.

    Conocemos qué es lo que está sucediendo y el ojo ciudadano sigue activo ante todas las situaciones y decisiones que se están comiendo la flecha. El país no se ha rendido ni se ha entregado.

    A votar. A empeñarnos y a perseverar. Si votamos, le estamos apostando a la opción de amanecer con algo diferente. Si no lo hacemos, es seguro que amaneceremos con más de lo mismo.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 22-09-2017
    “Venezuela y Naciones Unidas”
    El hecho de que la problemática venezolana se haya situado literalmente en el ojo del huracán en el foro mundial de las Naciones Unidas, nos habla de las dimensiones del trance que actualmente atraviesa nuestro país.

    Más allá de las consideraciones particulares que merezca de parte de cada quien esta destacada noticia, el hecho mismo de que haya sucedido nos habla de que ya es innegable la repercusión mundial de lo que sucede en estas tierras.

    Que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya dedicado varios minutos a nuestra patria en su primera intervención ante la ONU, ha sido una noticia que ha dado la vuelta al mundo, colocándonos una vez más entre las informaciones más destacadas de la jornada, no solamente debido al hecho de que estemos pasando por un trance tan complejo, sino también a los niveles a los cuales ha llegado la inquietud por lo que sucede.

    Trump realizó una afirmación que ha sido particularmente recogida por quienes reseñaron su intervención, y es aquella de que “El problema de Venezuela no es que hayan implementado mal el socialismo, es que lo implementaron al pie de la letra”.

    Una sentencia de muchas aristas, que tiene damasiada tela para cortar. Tanta, que queremos localizar el foco sobre un matiz particular, y no para afirmar, sino para reflexionar y que cada quien saque sus conclusiones.

    Según lo expresado por el mandatario estadounidense, podríamos concluir que nuestra patria no habría llegado a este estado de cosas por impericia de los gobernantes, sino –muy por el contrario- como parte de la ejecutoria de un plan que buscaría desmantelar la estructura del país para así poder dominarlo y someterlo.

    Estamos, como dije líneas antes, literalmente en el ojo del huracán y por encontrarnos justamente en el momento más álgido, nos hallamos muy lejos de poder sacar conclusiones sobre lo que nos sucede.

    Un diagnóstico al respecto solamente se podrá hacer con la distancia que brinde el tiempo, cuando quizá tengamos acceso a elementos que sin duda hoy permanecen solapados por el calor de los acontecimientos.

    Otra intervención presidencial que mereció ser destacada, fue la de nuestro vecino de Colombia, Juan Manuel Santos. El accionar de este jefe de Estado ha sido cuestionado por unos y otros en el marco del devenir de los asuntos venezolanos.

    Desde nuestro punto de vista, Santos opera políticamente y con pragmatismo. Unas veces nos gusta y otras no, esa es la realidad del ejercicio del poder. En esta oportunidad, su voz como el máximo representante del país más hermano del nuestro, suma a las alarmas que se encienden respecto a nosotros en el mundo.

    Otras voces que se han sumado en el coro internacional son las de los mandatarios de Brasil, Michael Temer y de Argentina, Mauricio Macri; amén del mandatario peruano Pedro Pablo Kuczynski, quien convocó una reunión de las naciones que conforman el Grupo de Lima y cuya posición sobre lo que vivimos es por demás conocida.

    Trump también trató el caso venezolano en una cena en Nueva York con Macri, Temer y el dignatario panameño, Juan Carlos Varela.

    Lamentablemente, desde el gobierno venezolano, la lectura de este acontecimiento es simplista, preconcebida y anacrónica.

    Desempolvar el superado episodio de la guerra fría para afirmar que se está editando nuevamente y además creer que la autodenominada revolución es el ombligo de esta supuesta reedición, nos explica por qué no hay manera de que las cosas caminen hacia adelante en el país.

    El liderazgo oficialista insiste en crear una épica ficticia para negar la realidad, y sin duda el primer paso para modificar a esta, es reconocerla. Seguimos presenciando justificaciones y la construcción de elucubraciones de diversa índole para otorgarle una fachada y un barniz al fracaso de un proyecto político.

    Fracaso que se mide directamente por la confiscación del bienestar de la gente que todos vemos en la calle, porque todos lo padecemos por igual.

    En conclusión, el feedback que nos da la comunidad internacional, subraya la urgencia de encontrar una salida al punto muerto en el cual se halla nuestra situación. Y no se trata de una intervención internacional, ni mucho menos. Evidentemente, lo que pasa aquí se resuelve aquí y entre nosotros.

    Lo que sí es cierto es que todo lo que nos acontece actualmente está cargado de tal intensidad, que rebota a la comunidad internacional. Y que, en tiempos de la odiada globalización se entiende con mucha más claridad cómo somos un planeta entretejido de relaciones sumamente complejas.

    El ejercicio de ser reactivos, de responder con justificaciones y acusaciones sacadas del baúl de los recuerdos, ni soluciona ni suma. ¿Buscamos salidas o seguimos apegados a ficciones? Mientras no se tomen decisiones, el tiempo avanza en contra.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 15-09-2017
    "El nuevo diálogo"
    Somos un país que viene de regreso de los diálogos. O de los intentos de tenerlos, más bien. En casi dos décadas del gobierno que se autodefine como revolucionario, se nos han ido cerca de tres lustros intentando tender un puente que sirva para encontrar soluciones a una sociedad cada vez más fracturada.

    Los resultados, a ojos vista, dejan mucho que desear. Si hubieran logrado sus objetivos, no seguiríamos en nuevos intentos quince años después de las primeras iniciativas.

    Y justamente, está en puertas otro encuentro con este fin. Encuentro que, desde que fue anunciado, cuenta con la descalificación de un sector de la ciudadanía.

    Y eso es entendible, con el sumario que antecede.

    Sin embargo, y a contrapelo de lo que hemos expuesto, desde este espacio apostamos una vez más a la iniciativa. ¿Por qué?

    Simplemente, porque ningún intento es igual al anterior. Porque hemos avanzado exponencialmente. Porque, aunque nos veamos en el agujero más negro que nuestra historia recuerde, es justamente esa circunstancia la que le da un peso excepcional a esta nueva posibilidad de sumar a la solución.

    Y para muestra un botón. Para quienes desconfían, no si razones, de este nuevo intento de acercamiento, que sin duda trae a la mente fallidas diligencias anteriores, recordamos que Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, vocero y representante de las fuerzas alternativas democráticas en el eventual encuentro, advirtió en que un diálogo formal con el gobierno solo será posible si se cumplen las condiciones planteadas por la oposición y si hay acompañamiento internacional.

    “Reitero a Venezuela y al mundo que hoy no hay diálogo y no lo habrá hasta que se cumplan condiciones expuestas en el comunicado” de la Mesa de la Unidad Democrática, escribió Borges en la red social Twitter.

    El diputado del parlamento venezolano, Luis Florido atribuyó por su parte a “la presión nacional e internacional” que el gobierno accediera a negociar. Dijo: “Se ha visto forzado por la comunidad internacional que está con pueblo de Venezuela. Llegó la hora de acciones concretas que terminen en una solución electoral. Exigimos el restablecimiento del voto, esto incluye convocatoria a elecciones presidenciales con observación internacional”.

    Otro que pintó las condiciones de este nuevo intento de entendimiento, fue el gobernador del estado Miranda, Herique Capriles, quien señaló que la única posibilidad de que exista un proceso de negociaciones con el Gobierno, es que se respete la Constitución, que los venezolanos puedan ejercer sus derechos, que los privados de libertad por razones políticas salgan en libertad, que cesen las persecuciones y los hostigamientos, y que se ponga la fecha de las elecciones pendientes.

    Capriles dijo también que para un diálogo debe estar el Vaticano, la Organización de las Naciones Unidas, los gobiernos democráticos con peso e importancia en el mundo con una agenda clara y con garantías.

    Como se ve, la dimensión de lo que está en puerta es mucho más compleja hoy que ayer, y adicionalmente presenta condiciones que no habían sido listadas en oportunidades anteriores.

    Le apostamos entonces al diálogo como un instrumento de la política, y a la política como la disciplina que nos puede conducir al logro de los más elevados objetivos de la colectividad, intentando atajar en el camino cuanto daño sea posible.

    Nunca, nadie puede desestimar la variedad de instrumentos de los cuales podemos servirnos en lo que definitivamente es una pretensión legítima de corregir el rumbo que tantos y tantos venezolanos consideramos errado.

    Incluso, cabe y debe caber una combinación de herramientas, para intentar encontrar esa urgente y necesitada luz al final del túnel.
    El trecho recorrido durante lo que va de año, deja a la comunidad internacional más pendiente que nunca de Venezuela, incluyendo personalidades e instituciones de innegable peso específico en conflictos como el que atravesamos.

    La complejidad de nuestra situación, que no es poca, es sin duda de un peso enorme y nada desestimable a la hora de intentar cualquier vía de entendimiento.

    Y, en definitiva, si bien un diálogo es una posibilidad abierta, tampoco se ha concretado. Existen condiciones que no pueden ser obviadas, dada la circunstancia. Y si el canal de entendimiento no puede ni debe cerrase, tampoco es posible renunciar a un marco mínimo alrededor del cual sentarse. Circunstancia que es defendida por quienes nos representan y que es considerada sin duda legítima por los posibles facilitadores y mediadores.

    El duro momento venezolano es conocido por todos gracias al esfuerzo ciudadano de protesta y denuncia. Si el diálogo se da como consecuencia de este proceso, puede ser el paso que falta, la solución a este punto muerto que hoy vivimos.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
 
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