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  • 16-02-2018
    "Fronteras"
    Uno de los asuntos que ha convertido a Venezuela en titular de la prensa internacional en las últimas semanas, es el episodio que hoy se vive en las fronteras. Bien es sabido de muchos, que numerosos venezolanos están marchando hacia los vecinos países de Colombia y Brasil, en busca de muchas cosas, pero básicamente de una: oportunidades.

    Este episodio, complejo y fuera de lo común, es la confirmación de que se acumula la lista de aspiraciones que echamos en falta dentro de nuestro país, como muchos venimos diciendo desde hace años. Y de que esta situación se prolonga tanto, que es mejor macharse a intentarlo en otras latitudes.

    ¿Por qué por tierra? ¿Por qué a países vecinos? La respuesta a esto puede darnos muchas más luces de lo esperado.

    Primeramente, el rango de los venezolanos que deciden aventurarse en otros países, ha crecido, es hoy mucho más diverso y variado. Recordemos que desde que tenemos registro de la historia de nuestra patria, hemos sido una tierra receptora de inmigrantes, pero jamás había tocado a nuestro pueblo salir.

    El fenómeno nuevo no llega ni siquiera a las dos décadas y comenzó con un discurso altisonante por parte del poder, el cual comenzó a resquebrajar la confianza y a ahuyentar tanto a los capitales como a la materia gris con calificada formación. Ambos, por cierto, elementos imprescindibles en la construcción de un país y cuya partida fue un torpedo en la línea de flotación del desarrollo venezolano en los años posteriores. Hoy, sin duda, estamos viendo las consecuencias.

    Sin embargo, este clima enrarecido que hoy marca a la venezolanidad y que la ha marcado por años, no ha hecho sino profundizarse con el transcurrir del tiempo. Y ello ha hecho que cada vez más compatriotas consideren la posibilidad de un destino alternativo en otras latitudes.

    La falta de respuestas, la limitación de soluciones y de oportunidades, la ausencia de fe en un porvenir que es a todas luces incierto, dispara el instinto humano de aferrarse a la posibilidad de vivir mejor de alguna manera, como sea. Y es muy doloroso que cada vez más compatriotas consideren que esto solo es posible al otro lado de alguna frontera.

    En el caso de lo que está sucediendo con Colombia, todos sabemos que la historia es vieja y de larga data. En este espacio lo hemos tratado, justamente a raíz de incidentes anteriores en la línea fronteriza con nuestros vecinos colombianos.

    Esa línea en cuestión, es una de las más calientes del continente y del mundo. El paso de un lado a otro siempre ha sido cotidiano y por ello las fuerzas públicas de ambos lados desde siempre han intentado encontrar soluciones a la medida de lo que es una realidad histórica, cultural y social.

    Sin embargo, el incremento de la cantidad de personas que cruzan de Venezuela a Colombia, ha llamado la atención de las autoridades de ese país, porque era a todas luces inesperado y sobrepasaba cualquier cálculo.

    Hay que decir, y esto es importante, que sin duda no todos tienen el plan de permanecer y establecerse en el territorio colindante. Muchos pasan esperando encontrar alguna labor temporal que facilite su sustento, para regresar a nuestro lado y suplir a su familia de lo necesario. Otros se animan al recorrido con el fin de buscar algunos bienes que necesitan y que no están a la mano de este lado. Y siempre, la intención es regresar.

    Pero sí se debe reconocer que otros tantos aspiran a quedarse. E incluso, algunos más usan esta puerta de salida y tienen en sus planes continuar el viaje hacia terceros países por tierra o aire.

    Es lo mismo que nos está sucediendo con Brasil, una frontera con menos movimiento que la colombiana, por la escasa población y por lo agreste de su geografía. El movimiento de coterráneos en esa dirección sí ha resultado una verdadera novedad, que ha sorprendido a las autoridades de los dos lados de la línea limítrofe.

    ¿Qué falta en nuestra tierra, para que cantidades cada vez mayores de ciudadanos se animen a buscarlo fuera?

    De nuestra parte, nos negamos a ver la presencia de fuerzas de seguridad colombianas y brasileñas en nuestra frontera como un asunto que pueda presagiar algún tipo de agresión hacia nuestro país.

    Lógicamente, ante el incremento en la llegada de connacionales a las poblaciones limítrofes, se ha necesitado reforzar el orden para administrar la situación inesperada de la mejor manera posible. Cualquier clase de paranoia disparada por estos hechos no haría sino enrarecer aún más una situación ya de por sí delicada y llena de matices que la complican.

    No nos queda más que agradecer la hospitalidad de quienes reciben a los visitantes en ambas tierras y agradecer la comprensión. Sin duda, se encontrarán maneras de administrar esta coyuntura de la mejor manera posible y vendrán tiempos mejores para todos.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 09-02-2018
    "Sistema cambiario y soluciones "
    La semana nos ha traído nuevas vueltas de tuerca en el sistema oficial de comercio de divisas en Venezuela. Principalmente, porque desapareció la tasa denominada “Dipro”, que se mantenía en la irreal cifra de diez bolívares por dólar, una cantidad que todos sabemos demasiado alejada de la realidad.

    Ahora nos encontramos frente a un sistema de subastas, que ha situado el cambio, tras su primera activación, en 30.987 bolívares por euro. Esta cotización equivale a unos 25 mil bolívares por dólar estadounidense.

    Este es el último eslabón de una larga cadena de controles en la compraventa de divisas que se estrenó tiempo atrás, con la creación de la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi) el 5 de febrero del año 2003 y que por lo tanto, está celebrando ya por estos días quince años de existencia.

    No fue la primera vez que se intentó en nuestro país administrar desde el gobierno el cambio de moneda. El "Régimen de Cambio Diferencial" (RECADI) funcionó entre el 28 de febrero de 1983 y el 10 de febrero de 1989, para un total de seis años, menos de la mitad de lo que hoy llevamos en el modelo actual.

    Durante el segundo gobierno de Rafael Caldera, se establece la Oficina Técnica de Administración cambiaria, OTAC, que operó entre 1994 y 1996.

    Vamos a decir pues, que el problema cambiario en Venezuela es de muy vieja data, y que se debe a erróneas prácticas gubernamentales en el aspecto económico.

    El asunto, es que, dichas prácticas erradas, lejos de corregirse, se han profundizado y nos han llevado al sistema de control cambiario más largo de nuestra historia, contrastando con los más de sesenta años de libre convertibilidad de la moneda que marcaron al bolívar hasta principios de la década de los 80 en el siglo pasado, y que fueron posibles gracias a la confianza y solidez de nuestro signo monetario, que era reconocido como uno de los más estables del planeta.

    Sin embargo, vamos a decir también que lo pasado, pisado. El asunto es: ¿cómo hacemos hoy en día para sanear las finanzas nacionales? Y, muy específicamente, para solucionar el engorroso asunto cambiario, que tiene atascada a la economía, y por tanto a la cotidianidad de todos los ciudadanos.

    En primer lugar, los sistemas de control de cambio han demostrado siempre que no son mayor remedio.

    Se puede entender que se asuman momentáneamente, en momentos de emergencias. Emergencias que no deberían presentarse, en tanto y en cuanto una administración acertada debería mantener sana la economía y evitar de manera preventiva el hecho de tener que recurrir a medidas de shock, como la citada.

    Sin embargo, y como decíamos, medidas de este calibre deberían ser solamente puntuales, y ser levantadas una vez que los números hayan sido puestos en orden.

    Por ejemplo, la OTAC de Caldera II oficializó el precio del dólar en 170 bolívares para 1994. Sin embargo, el mandato presidencial se entrega a Hugo Chávez en 1999 con un precio del dólar de 573,86 bolívares. Casi se triplicó, a pesar de las medidas.

    Retomando las cifras de las dos últimas administraciones, y para hacer el cuento corto, de los 573,86 bolívares por dólar del año 99 saltamos hoy a lo que todo ya sabemos, con la acotación de que en el año 2008 -hace ya una década- se implementó el llamado “bolívar fuerte”, al hacerle una modificación a nuestra moneda con la eliminación de tres ceros.

    Este periplo nos ha llevado por distintas entidades que han intentado, sin mayor éxito, contener el problema. No solamente no lo han hecho, más bien lo han empeorado.

    Nos referimos al Sicad (Sistema Cambiario Alternativo de Divisas) I y II, al Simadi (Sistema Marginal de Divisas), al Dicom, a subastas y sistemas de bandas. Nada ha logrado la vertiginosa carrera del precio del dólar. Y cabe preguntarse: ¿por qué?

    Desde nuestro punto de vista, lo peor que se puede hacer para desatar los fantasmas en una economía es imponer controles. Ya que ello habla de que algo no está bien, de que el sistema no es capaz de regularse por sí mismo, es una reafirmación de que necesita una mano externa para controlarlo.

    Y esta afirmación o reconocimiento, es la mejor manera para empezar a crear desconfianza y generar automáticamente un rechazo a lo que envuelve.

    Por otro lado, volvemos sobre lo tantas veces planteado aquí: la solución es la producción nacional, en alianza de la iniciativa particular con la administración pública, como socios en el destino de un mismo país y haciendo buena aquella expresión de negocios, tan simple pero tan poco entendida, que consiste en “ganar-ganar”. Aunque muchos no lo crean, sí se puede trabajar en conjunto y obtener beneficios para todas las partes involucradas.

    Creemos que la solución es, pues, el desmontaje de cualquier control, acompañado de productividad.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 09-06-2017
    “Padrinazgo”
    El cada vez más caótico panorama que hoy padecemos los venezolanos, difícilmente puede ser ignorado. Y eso nos lo confirma el hecho de que importantes funcionarios, así como figuras emblemáticas del oficialismo, se hayan venido manifestando en las últimas semanas contra los despropósitos gubernamentales y los atropellos a la ciudadanía.

    El caso más reciente, y sin duda el más importante, ha sido el pronunciamiento del ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López. “No quiero ver un Guardia Nacional más cometiendo una atrocidad en la calle”, fue la contundente frase que lanzara el alto funcionario, con la cual reconoció públicamente los excesos cometidos contra los ciudadanos en las últimas semanas.

    Quizá en medio del torbellino que es la actualidad nacional, la posición de Padrino no haya sido lo suficientemente sopesada. Es una campanada, un “hasta aquí”, un reconocer que alguien debe “ponerle un parao” a esto. Y ese “alguien”, son los responsables del poder, ni más ni menos.

    Se empieza a tejer entonces un hilo que guía el señalamiento de los excesos, lo cual es el comienzo para que cesen y para que sean castigados.

    Desde hace años, quienes no estamos de acuerdo con lo que sucede en nuestra tierra, nos hemos tropezado reiteradamente contra un infranqueable muro que blinda al gobierno contra los señalamientos y quejas que le dirigimos.

    Y reiteramos nuestro derecho a ser escuchados. En una democracia, los gobernantes son empleados de la gente, y existe el derecho a exigirles cuentas y a señalarles sus errores. Esto es lo normal, y el hecho de que este hábito tan saludable nos haya sido confiscado por tantos años, no quiere decir que se haya erradicado. Muy por el contrario, parece regresar, y por la calle del medio, a punta del esfuerzo ciudadano por hacer se escuchar ante estos oídos sordos.

    ¿Cambiará la actuación de las fuerzas del orden público de aquí en adelante, tras el pronunciamiento de Padrino López? ¿Podremos todos salir a expresar nuestra opinión en las calles de Venezuela?

    La duda existe, y no sin motivos. Lo que hemos visto por tanto tiempo, nos induce lo que especialistas han bautizado como “la desesperanza aprendida”. Sin embargo, gestos como el que analizamos, deben reafirmarnos que la denuncia ciudadana reiterada, termina por demoler los muros de silencio que el poder construye a su alrededor.

    Debemos seguir adelante con nuestras convicciones, porque, los hechos de los últimos días nos han demostrado que, a cuentagotas, se suma. Al momento de escribir estas líneas, el ministro de la Defensa es la última de una suma de personalidades que han convalidado, desde un punto de vista o desde otro, lo que la gran mayoría de los venezolanos viene denunciando desde hace ya un buen rato.

    Las realidades son innegables en este mundo globalizado. Celulares en mano, los venezolanos se han dado a la tarea de registrar y difundir las actuaciones inapropiadas de unos cuantos uniformados.

    El punto delicado, el punto de quiebre, tiene que ver aquí con el hecho de decidir si se trata de hechos aislados, de actuaciones individuales; o si es una política generalizada. Es allí donde los pronunciamientos como el de Padrino son claves, porque llegará el momento de sacar esas cuentas.

    Y los venezolanos comprometidos a salvaguardar la ciudadanía que no cumplan con su deber, tendrán que responder. Su responsabilidad será individual y no podrán alegar que “cumplían órdenes”. Ahora menos aún, con la contundente declaración del alto funcionario.

    "El que se aparte de la línea de Estado, de la preeminencia del respeto de los derechos humanos y que se comporte no como un profesional, entonces tiene que asumir su responsabilidad", fueron sus palabras. Una declaración que quedará para la historia y que servirá para confrontar en algún momento, el accionar de estos cuerpos con la posición pública de su máximo líder.

    Quienes se sientan tentados a violentar esta línea, deberían pensarlo mucho mejor de aquí en adelante. Ahora lucen mucho más desamparados de cara a la posibilidad de poder defender cualquier exceso futuro.

    Como se suele decir, los árboles no dejan ver el bosque. Y es que, a punta de sacrificio y tenacidad, a un costo extremadamente alto, la ciudadanía venezolana está empujando a las instituciones a cumplir su rol.

    Veamos el vaso medio lleno y reconozcamos la dimensión enorme del esfuerzo que hemos hecho en estas semanas, que ha conseguido voltear a la opinión pública internacional a nuestro favor, que ha logrado que prominentes figuras del chavismo señalen los desaciertos en materias como la descabellada Asamblea Nacional Constituyente oficialista y que figuras como la Fiscal General y el ministro de la Defensa suenen campanazos de advertencia. Aunque no nos demos cuenta, lo estamos logrando.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 02-06-2017
    “Constituyente y CNE”
    Para quienes siguen con atención los vertiginosos acontecimientos de Venezuela, debe generar curiosidad la rápida respuesta del Consejo Nacional Electoral ante la propuesta del poder Ejecutivo de convocar una muy sui generis Asamblea Nacional Constituyente.

    Y la respuesta, como era de esperarse, fue positiva. El organismo electoral ha puesto el foco en materializar en tiempo récord la solicitud en cuestión.

    Llama poderosamente la atención, insistimos, porque aún está fresca en la memoria del venezolano –y de la opinión pública internacional- el hecho de cómo se convirtió en sal y agua la solicitud de un referendo revocatorio al presidente de la República; así como el reiterado retraso en las elecciones regionales.

    Si comparamos, por ejemplo, la actual propuesta de ANC con el referendo revocatorio que nos fue confiscado a los ciudadanos por el poder Electoral, el revocatorio en cuestión tenía unos cuantos puntos a favor.

    Primeramente, fue convocado por el pueblo. La gente salió a firmar masivamente y muy por encima de la extremada lentitud en el proceso, de la escasez de puntos de recolección de firmas, de máquinas captahuellas y de la cantidad de alcabalas y obstáculos que se pusieron en las vías para llegar a la cita.

    Sin embargo, el legítimo evento comicial se desapareció entre galimatías, dejando cargada a la gente de frustración e indignación. Cargas que por cierto, sumaron al cúmulo de injusticias de las cuales es objeto la población venezolana y que hoy mantienen en protesta continua a un enorme número de ciudadanos.

    En su momento, el CNE aseguró que acataba las medidas ordenadas por los tribunales y que había girado instrucciones de posponer el proceso de recolección de firmas hasta nueva instrucción judicial, según se podía leer en un comunicado publicado en su página de internet.

    La autoridad electoral suspendió así el proceso para la recolección de las firmas del 20% de los electores del país, que era el siguiente requisito para celebrar el revocatorio y que estaba previsto para la semana siguiente a esta declaración.

    Todo esto se hizo alegando que un tribunal penal del estado Aragua, anuló el proceso de recolección de firmas que ya se había realizado, superando ampliamente la meta fijada.

    Por su parte, la ANC oficialista se está saltando el muy importante paso de someter a aprobación del pueblo, mediante referendo, las bases que regirán este proceso, que si bien puede ser propuesto por el primer mandatario, debe ser refrendado por la gente, tanto en la activación del mismo como en la aprobación del texto que resulte.

    El mismo Luis Emilio Rondón, rector principal del CNE, rechazó que se comiencen las postulaciones de los candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente sin normas que regulen dicho proceso.

    Llama pues la atención que, ante un proceso apegado estrictamente a la letra constitucional, como lo fue la más reciente solicitud del referendo revocatorio presidencial, el ente electoral haya caído en la inercia y la inoperancia, al punto de convertir dicha exigencia popular en una idea inoperante; mientras ante una propuesta que cojea de varias patas, actúe con celeridad ejemplar.

    Cojea por ejemplo, de llevar un apellido. La “Constituyente Comunal” no existe en el texto constitucional y, en el marco de todo lo que está sucediendo en la nación en estos momentos, cualquier sospecha de sesgo, por mínima que sea, es extremadamente delicada.

    En paralelo, esto significa un nuevo escalón en la confrontación entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, donde el último ha intentado desconocer a toda costa al primero, desde que la correlación de fuerzas cambió dramáticamente en el parlamento, a raíz de las elecciones del 6 de diciembre de 2015, cuando, contra todos los obstáculos, las fuerzas alternativas democráticas se lograron adueñar de una inocultable mayoría, por mandato de la gente.

    Todo el proceso de esta curiosa Constituyente que ha sido expuesto a la opinión pública, está salpicado de lo que se ha dado en llamar “caramelitos de cianuro”. Mucho efectismo y muchos conejos que salen del sombrero, cartas que se oculta bajo la manga; pero se aleja peligrosamente no solo del texto constitucional; sino también de lo que fue la Constituyente de 1999, la más reciente de nuestra historia.

    Llama la atención que muchos de los constituyentistas de entonces hayan expresado su rechazo a la propuesta actual. Y eso incluye a emblemáticas figuras del chavismo quienes, justamente, destacan las diferencias entre aquel proceso y este que se pretende implementar hoy; amén de las diferencias insalvables entre lo que propone para estos casos la Constitución que ellos mismos firmaron y lo que hoy sucede.

    ¿Sigue el CNE el mandato del pueblo? No lo creemos. Aún hay tiempo de rectificar.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 26-05-2017
    “Violencia”
    Vivimos unos días en los cuales la violencia parece haberse apoderado del país. Y no es de sorprenderse, porque la escalada de esta amenaza venía creciendo exponencialmente, sin que se atendiera y atajara el asunto, con la debida atención ante el acecho de algo tan grave.

    Son públicas, notorias y comunicacionales las imágenes de atropellos a los manifestantes que han dado la vuelta al mundo, y que no conoceríamos si no fuera por las nuevas tecnologías, los celulares de nueva generación, internet y las redes sociales. Todo esto compone un testimonial espeluznante de cómo se ha enraizado este mal en la sociedad venezolana actual.

    Desde que hizo su irrupción en la escena política nacional, el movimiento que hoy gobierna, ostentó un lenguaje pendenciero y retaliativo. Desde siempre y hasta el sol de hoy, fueron muchas las voces que se alzaron, advirtiendo que semejante vocabulario no iba a traer bien alguno al país.

    Muy por el contrario, se estaba sembrando una matriz tal, que en algún momento derivaría de la palabra a la acción. Y eso es lo que hemos visto con el correr de los años.

    Tristemente, el fallecido presidente Hugo Chávez, hizo del verbo duro y cruel el sello de su discurso. No tardaron mucho sus colaboradores y seguidores en imitarlo.

    Y por si fuera poco, se ha desatendido totalmente la escalada delictiva en el país, unos números exponenciales que se multiplican con una facilidad alarmante, la cual no es atajada por los responsables de hacerlo.

    No es de extrañar entonces, que los venezolanos nos encontremos en este momento aturdidos por la violencia en diversas manifestaciones; pero eso sí, siempre en grandes proporciones, en nuestra cotidianidad.

    Por si fuera poco, las increpaciones a funcionarios oficialistas y sus familiares, tanto en Venezuela como en otras naciones, han sido cargadas también de este virulento componente.

    El llamado “escrache” tiene su origen en un derecho legítimo, el cual es exigir a los funcionarios cuentas de cómo han manejado nuestros dineros; pero si bien se comenzó por allí, el asunto ha derivado en agresiones y violencia física. Una práctica inaceptable que hay que detener.

    Incluso, se ha agredido a gente señalada de ser partidaria de la revolución sin seguridad alguna de esto, con lo cual podemos estar ante el comienzo de una verdadera “cacería de brujas”.

    A tan nefasto panorama se unen los linchamientos, en los cuales las comunidades buscan venganza por su propia mano ante crímenes atroces, que lamentablemente no son castigados por la justicia formal.

    Y el trasfondo de todo esto, es una profunda desatención a la sociedad venezolana por parte de quienes tienen el deber de guiarla y deberían hacerlo; pero no lo hacen.

    Se ha predicado con el peor ejemplo, se ha cargado el escenario de la opinión pública con un tono que nunca debió existir, se ha deformado la educación para convertirla en adoctrinamiento. Se han desatendido los deberes y se ha jugado con fuego.

    Ahora, como en el cuento de Frankenstein, el monstruo se vuelve contra su creador. No nos alegra, muy por el contrario. Estamos ante los síntomas de un gravísimo asunto social que debe ser atendido con urgencia, y que va a requerir del concurso de todos los ciudadanos, incluidos quienes contribuyeron a crear esta deformación, esperando sacar un capital político de ello.

    Más de una vez se ha intentado un diálogo. A veces, propiciado desde las fuerzas alternativas democráticas; ocasiones en las cuales se ha estrellado invariablemente contra un muro insalvable. Otras tantas, desde el gobierno, ocasiones en las cuales algunos señalan que se trata apenas de una maniobra para ganar tiempo en situaciones adversas.

    Tocará el día cuando haya que sentarse, todos juntos, a recomponer los pedazos de lo que ha dejado esta etapa. Etapa en la cual, por cierto, también ha quedado a la vista una conmovedora humanidad, que no ha podido ser borrada en estas casi dos décadas.

    Las manos tendidas a los heridos, a los perseguidos, los funcionarios encargados de contener las protestas ciudadanas que han demostrado aunque se aun mínimo de vínculo con los manifestantes, los llamados de solidaridad y colaboración entre familiares, amigos, vecinos, nos demuestran que, bajo este mal momento, sobrevive el tejido de la venezolanidad, intacto.

    Y eso tiene que ver con el hecho de que esta violencia es impostada, no nos pertenece. Se trata de un espejismo, de un mal sueño. Despertaremos un buen día y dejaremos esto atrás; aunque no olvidaremos, porque hay que recordarla para no repetirla. Quedará para los libros de historia, mientras hurgamos en nuestra esencia para volver a conectar con todo lo bueno que tiene nuestro gentilicio y que ha sido embargado por una circunstancia transitoria.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
  • 19-05-2017
    "Resistir"
    El escenario político, social y económico de Venezuela se enrarece por minutos, a niveles nunca antes imaginados. La falta de entendimiento entre quienes ostentan el poder y el resto de la sociedad, ha sellado en las últimas semanas una ruptura de graves proporciones en el contrato social.

    El origen de esta nueva espiral de deterioro en nuestra convivencia como nación, tiene sin duda que ver con el intento del Tribunal Supremo de Justicia por intervenir las funciones de otro poder, el Legislativo, el más legítimo de los poderes públicos al momento actual, tras haber sido renovado en elecciones el pasado 6 de diciembre de 2015.

    La cultura política de los venezolanos es enorme como consecuencia de lo que hemos vivido en estos años. Quizá es algo que el oficialismo no midió; pero la gravedad de ese intento de colonizar un poder independiente, encendió la ira nacional y las manifestaciones no se han detenido desde entonces.

    Las fachadas de los eufemísticos diálogos que nos ocupaban hasta hace poco, se cayeron sin mayor esfuerzo, para dar paso a una represión pura y dura, que ya es conocida del mundo entero gracias a las fotografías y videos de los celulares, difundidas a través de las redes sociales.

    Con torpeza de elefante en cristalería, el gobierno intenta apagar el fuego con gasolina. Con demostraciones de poder y fuerza bruta, que logran amedrentar, no están haciendo otra cosa que generar una escalada en la ira popular.

    Y por si fuera poco, el fallido intento de someter a la Asamblea Nacional, ha sido sustituido por otro disparate de proporciones aún mayores, como lo es el intento de imponer una Asamblea Nacional Constituyente hecha a la medida para permanecer en el poder y sortear la crisis actual.

    Disparate que, por supuesto, está muy lejos de aportar a la solución del descontento popular que hierve hoy en cada localidad de Venezuela.

    Ante la sordera del poder, ante su insistencia en hacerse trajes a la medida para mandar como mejor le parezca, ante la arremetida desproporcionada contra las demostraciones ciudadanas, ¿qué nos queda? Resistir.

    ¿Qué entendemos por resistir? Primero que nada, no renunciar a nuestras certezas ni a nuestras convicciones. Por más amenazas, por más cerco, por más que se nos quiera encerrar en la desesperanza.

    En segundo lugar, seguir adelante con la construcción del país que creemos posible, viable, y que nos merecemos. No podemos asumir como natural un modelo de país donde la escasez de bienes y de valores nos lleva a vivir una vida a medias, una vida amputada de derechos irrenunciables.

    El incremento de la fuerza bruta para tratar de apagar la voluntad de cambio nacional, no es síntoma de otra cosa que no sea la falta de razón, lo cual se al otorga automáticamente a quienes están empujando un cambio con su grito en la calle, ya que les han sido cerradas sistemáticamente otras alternativas de expresión, como el referendo revocatorio y las elecciones regionales.

    Y el venezolano resiste. No solamente continúa alzando su voz, sino que encuentra formas cada vez más creativas y efectivas de hacerlo, formas que hace eco y derrumban los muros del silencio que se construyen con soberbia y terquedad.

    Aunque la ciudadanía está más clara que nunca al respecto, nunca está de más recordar que, ante la irracionalidad del poder, tenemos el derecho de sostenernos en nuestros principios inalienables de compromiso con la libertad, la justicia, la paz y tantos otros valores que se pretende confiscar al venezolano en este momento.

    El que se pretenda uniformar el pensamiento de la gente, sus creencias, es razón de sobra para plantarse en la acera contraria de un propósito que desdice de la razón de ser de la humanidad.

    ¿Cómo se traducirá esto en los días por venir en Venezuela? Lamentablemente, no nos vienen momentos fáciles, gracias a la intransigencia de quienes acaparan el poder.

    Pero de este lado, nos negamos a flaquear en nuestras certezas, seguimos firmes en el reclamo de nuestros derechos y, como dijera Mahatma Ghandi, “abrazamos la verdad”.

    Una nueva Venezuela se empuja de abajo hacia arriba con indetenible fuerza, con perseverancia por encima de cualquier obstáculo y dispuesta a no renunciar a sus objetivos de dejar en el pasado este mal momento de la historia.

    Quienes tenemos la certeza estar haciendo lo correcto, no vamos a ceder en nuestra posición, ahora menos que nunca, mientras esperamos el momento en el cual el desgaste por las reiteradas equivocaciones cometidas, pongan punto final a un experimento político que jamás debió suceder, debido a los elevados índices de dolor y sufrimiento que ha traído a nuestra gente.

    Ahora más que nunca, seguimos adelante con nuestras certezas.

    David Uzcátegui
    @DavidUzcategui
 
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