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  • 13-04-2018
    “Cuando el petróleo no nos alcance”
    El pasado mes de enero de este año, el diario El Espectador de Colombia tituló reseñando que la “Producción petrolera de Venezuela cayó casi 12% en diciembre”, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es la fuente citada.

    La información no sería inquietante si hubiéramos escuchado aquellos consejos de venezolanos que debemos tener muy presentes, como Arturo Uslar Pietri o Juan Pablo Pérez Alfonso. La manoseada frase de “Sembrar el petróleo”, que a muchos pareció tan plausible y que se utiliza cuando conviene; pero que lamentablemente, jamás nadie puso en práctica.

    EL hecho es que no solamente no la escuchamos, sino que hoy somos más dependientes que nunca de esa industria. Nos quedamos monoproductores y monoexportadores. Pero lo que jamás se pensó fue en el declive de la productividad de esta industria.

    Y para hacer la desgracia completamente redonda, como una tragedia griega, este revés en la principal industria que sustenta al país, se da en momentos en los cuales no podemos echar mano a otro bien nacional.

    Por si fuera poco, mientras nosotros nos miramos al ombligo, el mapa petrolero mundial cambia segundo a segundo, y a paso de vencedores. Aparecen nuevos productores, nuevas tecnologías que multiplican la eficiencia de la producción a niveles exponenciales y mucho más allá; mientras de manera paralela el petróleo como fuente energética es sustituida con alternativas como la solar o la eólica. Los carros híbridos y eléctricos ganan terreno de manera impresionante en el mundo entero.

    Bien que se dice que es inútil llorar sobre la leche derramada. Pero es que lo que no tiene explicación alguna es el hecho de que Venezuela pase por esto cíclicamente, y vuelva a caer en la misma trampa del inmediatismo sin visión de futuro.

    Lo que puede marcar la diferencia en esta oportunidad, es que bien pudiera ser la última vez que vivamos el ciclo.

    Como ha sucedido antes en nuestra historia, tuvimos un gran boom petrolero en la década pasada. Y como siempre, obedeció a factores externos, como la invasión a Irak, que disparó a los cielos el precio de los hidrocarburos.

    Esa monumental montaña de ingresos ha debido ser aprovechada en educación, en infraestructura. En llenarnos de hospitales, de escuelas, de vías de comunicación. En capacitar personal para la industria turística, en formar docentes, entre tantas otras urgencias. En una palabra: en inversión. Pero no fue así.

    Noruega, por ejemplo, llegó mucho más tarde que nosotros a la parranda de la fiesta petrolera. Mientras nosotros ya superamos el siglo de historia en este apartado, los nórdicos apenas llegan a la mitad.

    Sin embargo, ellos a punta de ahorro e inversión, ni se enteran de los bajones del mercado petrolero mundial. A nosotros, los predecibles e imaginables altibajos de este negocio, nos afectan casi como una ruleta rusa.

    Pero la cosa, insistimos, es que esto va más allá. Ya no se trata de que el petróleo cueste menos. Es, sencillamente, que ahora tenemos menores capacidades para producirlo. Y hasta donde nos alcanza la mirada, no hay Plan B.

    Esos fabulosos montos ingresaron, dieron para todo. Hasta para comprar todo lo que consumíamos en el exterior, por solamente dar un ejemplo. Una conducta que fue como dispararse en el pie, porque hoy no tenemos industria. Y ya no hay divisas suficientes para hacer ese mercado en otras tierras.

    En una onda de autocrítica, si algo ha hecho daño a la venezolanidad es ese orgullo por el petróleo. Nos quedamos en lo que ahora se denomina como “la zona de confort”, en un bombeo de pozos que se pensaba iba a ser permanente, algo que se puede entender en la población pero que es una conducta inexcusable para los gobiernos. Para los de antes y para los de ahora. Para todos.

    Antes los precios del petróleo iban y venían, con lo cual nuestro sistema económico sufría altas y bajas. Pero ahora es mucho más que eso. Se trata de un cambio en el mercado petrolero mundial, aunado a una merma en las capacidades de nuestra propia industria puertas adentro. En pocas palabras, la tormenta perfecta.

    Presumimos de tener las mayores reservas petroleras del mundo, pero sobre este tema cabe una gran pregunta: ¿tenemos la tecnología para extraerlas, procesarlas y comercializarlas? ¿Tenemos al personal calificado? Porque sin estos elementos, dichas reservas no pasan de ser una frase presuntuosa.

    Parafraseando al escritor Gabriel García Márquez, ¿se dirige el sistema rentista venezolano hacia una muerte anunciada? Esto debe suceder en algún momento. Si no es por decisión de las autoridades del país, será por el mismo cambio de la dinámica mundial, en la cual no parecemos estar insertados. Sería muy lamentable que ocurriera por la segunda opción. Pero parece ser hacia donde nos dirigimos hoy.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 07-04-2018
    “Vacacionar en Venezuela”
    A propósito del más reciente asueto nacional, con motivo de la Semana Santa, mucha gente ha puesto sobre el tapete el hecho de que cada vez se hace más difícil aprovechar los días libres para conocer más nuestro país.

    Se trata de una situación extremadamente lamentable, pues los venezolanos siempre hemos presumido, y no sin razón, de tener una de las naturalezas más generosas del continente.

    Desde nuestro punto de vista, es particularmente triste que nos veamos limitados para mostrar a nuestros hijos y para disfrutar con ellos, una geografía que en el pasado recorrimos con tanta libertad.

    El primero de los obstáculos sería sin duda, el económico. No necesitamos abundar en el escenario que transitan hoy la gran mayoría de familias venezolanas, donde evidentemente las prioridades a cubrir dejan en niveles de imposibilidad la recreación y el esparcimiento, merecidos por demás para los trabajadores y necesarios para niños, niñas y adolescentes en el marco de su desarrollo.

    Sin embargo, en el caso de que pudiera haber una cierta disposición a entregarse durante los asuetos a conocer y disfrutar más del país, las adversidades que se enfrentan son tantas, que harían desistir al más optimista.

    Mencionemos por ejemplo, el asunto de la electricidad. Sea por sabotaje, por reveses de la naturaleza o por falta de mantenimiento, la irregularidad en el suministro eléctrico es algo democráticamente repartido en todo el territorio nacional, con las consecuencias por demás conocidas.

    Sabemos que nos atenemos a fallas en la iluminación de las vías y de las ciudades, a que no encontremos aire acondicionado en el lugar a donde nos dirijamos, a que servicios como la comida o las comunicaciones fallen. Y obviar esto es imposible, si nos disponemos a viajar. Especialmente porque sabemos que lo sufrimos en nuestra vida cotidiana y que no vamos a poder alejarnos de ello en nuestras vacaciones.

    Adicionalmente, el asunto del transporte tampoco la pone fácil. El carro propio se piensa dos veces para usarlo, porque las refacciones no andan precisamente abundantes o económicas. Y por estas mismas causas, cualquier clase de transporte colectivo tampoco se cuenta entre los más fáciles.

    Todo esto conforma un cuadro muy lamentable, ya no solamente por lo que nos perdemos quienes quisiéramos viajar por nuestra tierra y sabemos que tal propósito constituye una guerra de obstáculos, sino también porque teníamos una tradición turística que está desapareciendo.

    Venezuela siempre ha tenido los activos naturales necesarios para ser una potencia turística, sin embargo, no hay un plan para aprovecharlos. En este sentido, la iniciativa particular, materializada en alternativas como pensiones, posadas, servicios de transporte o lugares para comer, había conseguido convertirse en una fuente de sustento para muchas familias en todo nuestro territorio.

    Sin embargo, con la mengua del flujo de viajeros, muchos han desistido de estos negocios, otrora lucrativos. Unos cuantos se han dedicado a ver de qué manera se buscan la vida, mientras otros más han emprendido la aventura en otras latitudes.

    No solamente nos perdemos de las famosas bellezas naturales de nuestro territorio, sino también de la hospitalidad de su gente, y se desvanece para colmo lo que podría ser una industria de referencia mundial, un ingreso alternativo para nuestra economía y una actividad que posicionara en lo más elevado el nombre de Venezuela en el mundo.

    Porque otra realidad que torpedea a la posibilidad de hacer prosperar nuestro turismo es la desaparición de nuestro país de los mapas de numerosas rutas aéreas internacionales.

    Es sumamente lamentable el desacuerdo que quienes hoy gobiernan mantuvieron con la aviación proveniente del exterior, que llevó a muchas de sus aerolíneas a dejar de tocar tierra venezolana, mientras las escasas que permanecen lo hacen con una frecuencia mínima.

    Nos hemos perdido también del orgullo de esos visitantes extranjeros contemplando boquiabiertos las bendiciones que caracterizan a la venezolanidad.

    Digamos como el Premio Nobel de la Paz, Martin Luther King: Yo tengo un sueño. Y es que a la belleza natural se sume la infraestructura, que bien puede salir de la riqueza petrolera, de una riqueza que se invierta sabiamente para generar otras industrias.

    Que a la bondad y la hospitalidad del venezolano se agregue la formación, porque las grandes potencias turísticas del planeta se levantan sobre la atención y el servicio que los locales brindan a los visitantes.

    Terca como es, Venezuela está allí, esperando tiempos mejores para poder brillar con todo lo que siempre ha tenido y seguirá teniendo. Sin embargo, esperamos ver esos tiempos mejores más pronto que tarde. En el turismo, Venezuela también está condenada al éxito.

    David Uzcátegui
  • 23-03-2018
    “Con la misma moneda”
    Tener que pagar una empanada y un café con transferencia, puede haber sonado como un chiste no hace mucho tiempo atrás. Hoy, es una insólita realidad, debido a un hecho del cual todos estamos conscientes y que afecta a la ciudadanía en general: la escasez de dinero en efectivo en el país.

    La situación es tan generalizada, que se ha convertido en costumbre el pagar los más elementales bienes de consumo mediante una transacción bancaria electrónica; aunque eso no siempre es posible, porque en más de una oportunidad las conexiones tampoco responden con la velocidad necesaria.

    Entre los bienes más preciados en nuestro territorio, está justamente el dinero físico y tangible, ya que existen innumerables operaciones que deben hacerse cada día con los escurridizos billetes, tales como el pago de pasajes, por nombrar solamente una.

    Adicionalmente, se suma el hecho de que, si algún bien de consumo va a ser cancelado electrónicamente, los vendedores solicitan que se les cancele un monto mayor, a veces muy superior al que cobrarían en el caso contrario. Tal práctica, en el marco de los precios que actualmente se registran en el país, es todo un torpedo a la línea de flotación de cualquier presupuesto personal o familiar.

    Este asunto que entorpece el día a día de todos nosotros, no es nada nuevo, aunque sí se debe decir que ha venido progresando y complicándose paulatinamente.

    Los registros del fenómeno se remontan al año 2012, apenas cuatro años después de aquella medida gubernamental que le quitó tres ceros a la moneda, justamente para hacerla más manejable, y que presentó un nuevo cono monetario adecuado a las denominaciones recién estrenadas.

    Esta fue una medida que de entrada funcionó muy bien. Sin embargo, el asunto fue que se arregló solamente la fachada, sin atacar el verdadero fondo del problema. ¿Cuál es este, según nuestro punto de vista? Que los precios siguieron aumentando, debido a un errado manejo del asunto económico.

    Este tipo de reajustes monetarios suelen ser acompañados –o al menos, deberían serlo- por un profundo saneamiento de las finanzas públicas, por un ajuste del gasto. Y por supuesto, por una mayor oferta de bienes y servicios, porque ya lo sabemos: mientras más disponibilidad de mercancías exista, el consumidor podrá obtener precios más ventajosos. Es el ABC del manejo económico de los países.

    Sin embargo, tomamos precisamente la dirección contraria. Se estrechó la producción en manos particulares, sin que se concretara alguna alternativa que paliara esta sensible ausencia de opciones.

    Y así fue como pronto el nuevo cono monetario resultó insuficiente para contener el boyante aumento de los precios.

    Tan es así, que hace poco vimos la entrada en circulación de nuevos billetes, todos evidentemente de mayor denominación. Y esta era la medida correcta. No la más deseable, pero sí la correcta, para evitar que la gente tuviera que cargar con cantidades de efectivo que no son manejables, hasta para hacer las transacciones más elementales de la cotidianidad. Y por otro lado, se suplía la ausencia de disponibilidad de dinero, que ya se sentía cada vez más.

    Sin embargo, al poco tiempo nos dimos cuenta de que los nuevos billetes habían sido desbordados por la realidad y tampoco eran solución para el problema. Y no es que esta acción –repetimos- haya sido inadecuada. El asunto es que si no se atajan las causas, vamos a seguir en el círculo vicioso de modificar una y otra vez el cono monetario para que, al poco tiempo se vuelva tan inoperante como el anterior.

    Y son tales las cantidades de efectivo que demanda en la actualidad la vida cotidiana del país, que sencillamente es imposible suplirlas.

    Esto coloca todo el flujo de transacciones cotidianas en una especie de cámara lenta que resta aún más velocidad a nuestra rutina, cuando estamos en momentos en los cuales lo deseable sería acelerarla al máximo de cara a la productividad, el único remedio para salir adelante y conjurar el momento adverso que vivimos como nación.

    Salir a la búsqueda de billetes es una más de las tareas que el venezolano debe anotar en su nueva agenda, restando tiempo a sus labores, y por lo tanto no solamente a su productividad, sino a su calidad de vida, al compartir con su familia, al descanso y al esparcimiento, que debe ser parte de una vida sana, esa misma que parece escaparse y alejarse a muy alta velocidad.

    En conclusión, cualquier medida que se tome no va a servir por mucho tiempo, si no se ataca la causa. Y no lo decimos nosotros. Ya lo hemos visto: se ha modificado el cono monetario dos veces en una década, solamente para seguir entrampados en el mismo problema.

    La economía venezolana debe dar un giro de 180 grados o seguiremos atrapados en el mismo círculo de equivocaciones. ¿Quién agarra el toro por los cuernos?

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 17-03-2018
    "A la luz de los hechos"
    La creciente reincidencia de los apagones en diversas regiones venezolanas, los ha convertido en un tema de conversación recurrente en los últimos días. Y es que resulta muy difícil evadir la atención de un hecho que trastorna la cotidianidad ciudadana de tantas maneras.

    La inquietud ante los más recientes problemas eléctricos, radica en dos aspectos que complican más el panorama: se prolongan durante más tiempo y abarcan espacios geográficos cada vez mayores.

    Para el día 12 de marzo, el diario El Universal titulaba: “Seis estados de Venezuela con fallas eléctricas por ‘bajo nivel’ de represa en Barinas”. La misma información agregaba que un sujeto fue capturado por realizar un “acto de sabotaje” en la subestación eléctrica de Caucagua, en el estado Miranda. Esto –suponemos-, es a propósito de que los fallos eléctricos se producen en diversos puntos de la geografía nacional y por ello es de suponer que se deben a más de una causa.

    Incluso, estos hechos llegan a ser titulares en medios internacionales, los cuales reflejan la reiteración de los hechos.

    La plataforma informativa Sputnik, perteneciente a la federación rusa, tituló el pasado día 13 de este mes: “Gobierno de Venezuela activa plan de contingencia por apagones al oeste de Venezuela”.

    A continuación, en el cuerpo de la nota, se procede a exponer la versión oficial del gobierno venezolano con las siguientes palabras: “El Gobierno de Venezuela activó un plan de contingencia para atender las fallas eléctricas que se registran desde hace una semana en cinco estados del oeste y aseguró que son consecuencia, en su mayoría, del período de sequías que afecta la generación de energía hídrica”.

    La misma noticia reconoce que los estados más afectados por las interrupciones del servicio eléctrico en las últimas dos semanas han sido Trujillo, Barinas, Portuguesa, Táchira y Mérida.

    Finalmente aseguran que, de acuerdo a los reportes meteorológicos, a partir del 20 de marzo iniciarán las lluvias en las zonas del río Uribante Caparo, estado Táchira, el cual surte el embalse La Vueltosa, por lo que se espera que la situación mejore.

    Lo cierto, es que necesitamos con urgencia una respuesta concreta y efectiva de las autoridades con respecto a esta problemática nacional, que entorpece hasta los actos más sencillos de la cotidianidad e incluso va más allá, al afectar la operatividad de tareas medulares de la sociedad, como los hospitales.

    Las actividades de las amas de casa, los aparatos eléctricos del hogar, los aires acondicionados, las computadoras, las oficinas y sistemas de transporte como el Metro, son también afectados y ralentizan la productividad nacional, la cual tanto necesitamos empujar justamente en este momento.

    Si bien es cierto que la sequía afecta la generación del sistema hidroeléctrico -que es uno de los más confiables y limpios-, también es verdad que sabemos que nuestro país está sometido, por naturaleza, a estos ciclos de estaciones secas y estaciones lluviosas. Por lo tanto, se impone la planificación y la alternativa, y no actuar de manera reactiva ante la contingencia, porque esto sin duda lleva tiempo y ello implica que el problema rebote en la calidad de vida de la gente.

    Esto implica un monitoreo constante de las condiciones climáticas –en el caso de las fuentes de energía hidroeléctrica- para tomar con tiempo las precauciones necesarias. Para ello, entre otras cosas, se necesita sin duda una mayor inversión. Y ser rigurosos en la excelencia del personal que se seleccione para operar una industria tan medular para el funcionamiento del país.

    Y por supuesto, urge también la creación de energías alternativas.

    A la termoeléctrica no le podemos decir que no, porque ella se sustenta del petróleo y esta es nuestra mayor riqueza, asentados como estamos sobre la mayor reserva petrolera del planeta. Sin embargo, hay que recordar que esta es una energía menos amigable con el ambiente y su utilización debería limitarse a estos tiempos de contingencia y posteriormente ser sustituida paulatinamente por energía más limpia, como la eólica o la solar, que ya van ganando espacios en países preocupados por el hoy tan delicado asunto ambiental.

    Y por ahora, lo más urgente es despolitizar el problema. No es asunto de oficialismo y oposición, en tanto y en cuanto nos afecta a todos permanentemente. Y desde nuestro punto de vista se trata de un asunto netamente técnico, el cual no es otro que garantizar el suministro permanente de energía eléctrica a todos los venezolanos. A veces llega y a veces no. Y tiene que llegar siempre.

    Un cambio de foco en este sentido, sería un gran comienzo para sanear un asunto que es tema de conversación entre todos los colores ideológicos del país por igual.


    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 10-03-2018
    “Vientos electorales”
    Ya desde hace unas cuantas semanas, el debate público venezolano se ha centrado en la inminencia de nuevas elecciones, en la pertinencia de la fecha y en las condiciones para acudir a las urnas electorales.

    En realidad, cabe preguntarse si la presencia de este tema ha desaparecido en algún momento de la opinión pública, cuando siempre se ha sostenido que desencuentros del calibre de lo que hoy vivimos en la sociedad venezolana, solamente se pueden dirimir con una cita comicial, como una manera de sanar a la colectividad, pasar la página y poder seguir adelante con una nueva etapa histórica de la nación.

    El rumbo de la ruta electoral venezolana ha sido errático en los últimos tiempos. Recordemos el malogrado intento de referendo revocatorio presidencial que correspondía y que finalmente no fue activado, un plebiscito ciudadano que fue un acto poderosamente expresivo de la inconformidad popular, las elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente que aparecieron de un día para otro y finalmente, unas elecciones municipales marcadas por la abstención.

    Esto último no es de extrañarse, ante la reiterada frustración de la gente que no se siente escuchada, a lo cual se suma todo el panorama adverso que hoy debemos enfrentar en nuestra tierra a nivel social y económico.

    Sin embargo, la justificada rabia no nos puede generar una ceguera selectiva o momentánea de un hecho medular: las situaciones cambian, la vida sigue.

    Y el hecho es que, tal como todos lo sentimos, el agua nos está llegando al cuello.

    Sin duda, la falta de credibilidad que se ha ganado a pulso un proyecto político que se ha empeñado en defraudar una y otra vez a sus propios electores, ha hecho que sepulten su propio capital. Y la novedad no es que nadie crea en la actual administración; la novedad es que, entre los innumerables incrédulos, se cuentan hoy sus propios seguidores.

    Y es a partir de esta premisa que debemos agudizar nuestras virtudes de observación. Porque, entre otras cosas, debe haber bastante más que inquietud en las filas del oficialismo cuando la desesperanza ha ganado a sus propios partidarios, a punta de seguir estrellándose una y otra vez contra el mismo muro de los lamentos.

    Y esto es lo que puede ser el detonante de nuevos matices en medio de la situación extrema que encontramos.

    Nos referimos, por ejemplo, al hecho de que el gobierno haya accedido a postergar por un mes la extremadamente precipitada convocatoria y a que, adicionalmente, se produzcan acciones tan inesperadas como abrir el registro electoral en Miami, la ciudad con mayor cantidad de venezolanos en el mundo, tras haberlos dejado desatendidos por varios años. Y resulta curiosa esta decisión, cuando los hechos han demostrado que los compatriotas que viven en el sur de Florida son mayoritariamente opositores.

    La lectura de estos y otros hechos, puede ser la necesidad de convocar gente para que participe de una u otra manera en el evento comicial, tras evaluar que el desplome de la credibilidad en decisiones que van de lo impositivo a lo errático, está espantando incluso a quienes los seguían incondicionalmente.

    Prueba de ello es sin duda el hecho de que muchos de los más representativos líderes que han luchado por años del lado de las fuerzas alternativas democráticas, hayan decidido pasar de largo en esta cita.

    No es poco lo que mencionamos, ya que entre ellos se cuentan unos cuantos que han reiterado que se debe participar en todos los eventos electorales, vistos estos como un escalón imprescindible en la superación de lo que hoy luce como un callejón sin salida.

    La barra de la paciencia nacional se ha forzado hasta niveles inimaginables en los últimos tiempos. Los venezolanos nos sentimos literalmente rodeados y sin vía alguna de alivio a los numerosos problemas que nos agobian. ¿Cuál podría ser el próximo nivel en este escenario tan adverso que hoy vivimos si la situación sigue por el mismo camino?

    ¿Habrá llegado el momento esperado? Ese, en el cual quienes hoy llevan las riendas del país entiendan que el cúmulo de errores es tal que hace insostenible el rumbo actual.

    Ni lo afirmamos ni lo negamos. Pero sí invitamos a observar. Y a hacerlo con la cabeza fría que debe caracterizar a los movimientos políticos, si es que se busca ser acertado en las acciones, aún a pesar de padecer una situación francamente desesperante.

    Al gobierno no le conviene quedarse solo en el ring, porque no habrá espectáculo. Y menos aún, puede permanecer inmóvil ante la desmotivación de sus propios seguidores.

    Tenemos una gran oportunidad. Un gobierno con grandes índices de impopularidad. Nos quedaremos sentados viendo cómo se pasa la oportunidad? No lucharemos entonces? A veces lo que es mediáticamente popular no es lo políticamente correcto.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
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  • 02-03-2018
    “Una fecha para recordar”
    Esta semana se cumplieron 29 años del fatídico 27 de febrero de 1989, una fecha de luto que pasó a la historia bajo el título de “el caracazo”.

    Significó un punto de quiebre sin retorno en la ruptura del contrato social venezolano, cuando masas enardecidas de población salieron a protestar a las calles y fueron reprimidas, terminando todo en lamentables hechos de sangre.

    Cuando hablamos de que se trata de una fecha para recordar, nos referimos no solamente al duelo que debería acompañar a cualquier aniversario de ese momento, sino también al imprescindible análisis histórico de las causas y las consecuencias de aquellos sucesos. Un análisis que debe propender hacia el aprendizaje, hacia nuestro crecimiento como ciudadanía y por supuesto, a evitar de aquí en adelante las circunstancias que desembocaron en tan graves hechos.

    Es difícil hacer un punto de partida de las causas que generaron aquel momento tan complejo, y más aún, es imperativo pecar de reduccionismo para resumir un contexto tan particular. Pero el hecho es que, al llegar a su segundo mandato, Carlos Andrés Pérez se consigue con un país de finanzas exhaustas, pésimamente administradas, que para variar –nuestra condena eterna- ha apostado al petróleo y sigue siendo, como nos repetían en el colegio, monoproductor y monoexportador.

    La nación había entrado en uno de esos ciclos adversos y se había disfrazado, se había corrido la arruga. Podía seguir conduciéndolo directamente hacia el precipicio o aplicar una terapia de choque, una cirugía mayor. Optó por lo segundo. Y lo hizo sin anestesia.

    En los números y en el papel, las medidas de saneamiento parecían las más adecuadas. Era atravesar un desierto para poner los números en orden y poder aspirar en un futuro, a un crecimiento orgánico.

    Pero, lamentablemente, se olvidó el factor humano. El llamado “paquete” de medidas económicas se ha debido aplicar de manera paulatina, con una intensa campaña explicativa de sus etapas y beneficios y, finalmente, con programas de asistencia a los sectores más vulnerables, quienes iban a ser los primeros que resintieran el shock negativo de la decisión.

    Nada de esto se hizo. La impericia en la implementación de este tipo de programas causó un impacto mayúsculo en ciertos sectores de la población, que reaccionaron con ira y la suma de un descuido que se arrastraba por años, fue el caldo de cultivo para aquellas protestas que llegaron a tan trágico final con dolorosas cifras de fallecidos.

    Por si fuera poco, se causó un irreparable daño al comercio, por lo cual muchos pequeños empresarios lo perdieron todo y además no pudieron seguir sirviendo a las comunidades que atendían.

    Las lecciones de aquel momento son tantas como cabezas se dediquen a analizarlo. Quizá la más grande es que, el descansar nuestra economía en el petróleo siempre trae consecuencias devastadoras, como lo fue en aquel momento el caer en el ciclo negativo de los precios, y encontrarnos no solamente sin ahorros, sino además endeudados, producto de una pésima administración.

    La bonaza petrolera de los quince años anteriores tampoco se había aprovechado para diversificar nuestra economía y hacerla tan robusta como autónoma frente al momento adverso que se sabía que iba a llegar. Y todo eso fue aderezado con una pésima administración de los dineros públicos, la cual hizo que se provocara lo que los especialistas llaman “la tormenta perfecta”.

    El “correr la arruga”, postergando el enfrentamiento de la devastadora realidad nacional solamente contribuyó a empeorar el escenario.

    Y finalmente, cuando se decidió tomar al toro por los cuernos, solamente se calcularon letras y números, sin medir el impacto humano de semejante tratamiento de shock, que podía lucir lógico, pero que a todas luces tendría consecuencias.

    Hoy, estamos mirándonos en el espejo de hace casi tres décadas, con lecciones aún sin aprender, aunque están en nuestra misma historia, una historia muy reciente y que muchos aún recuerdan.

    Las “arrugas corridas” ante las crisis, hacen que enfrentarlas sea cada vez más grave y doloroso, según pasa el tiempo. En momentos adversos de la historia nacional, se debe ser extremadamente sensible al sentimiento humano, al golpe que acusa la gente.

    Y de una vez por todas, debemos mirar a un nuevo modelo de país y de economía, porque ya nos hemos dejado “sorprender” en el pasado por esa ilusión vana de prosperidad que es la bonanza petrolera. Ilusión que se esfuma una y otra vez, dejando solamente un pésimo sabor en quienes se la creyeron y confiaron en ella.

    No estamos, ni de lejos, en el mejor momento de nuestra historia; y aunque las circunstancias no se parecen, de algún modo se repiten.

    Evitemos pues hechos de este tipo en nuestra amada Venezuela.

    David Uzcátegui
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