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David Uzcátegui
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  • 22-02-2019
    “El carro delante de los caballos”
    En los últimos días nos ha sorprendido la novedad de que se ha lanzado la marca país Venezuela, impulsada desde algunos despachos gubernamentales. Y decimos que es sorpresa, porque no pareciera un asunto del cual pudieran estar pendientes funcionarios que pretenden nadar a contracorriente de cualquier cosa que pueda sonar a comercial.

    Partamos de entrada diciendo que, en líneas generales, la marca país es una gran idea. Pero, citando a la frase que titula estas reflexiones, no se puede poner el carro delante de los caballos. Vamos por partes.

    La marca país es un concepto utilizado en el marketing y la comunicación, para referirse al valor intangible de la reputación e imagen de marca de un país, a través de múltiples aspectos, tales como sus productos, ya sean el turismo, la cultura, los deportes, las empresas o los organismos públicos.

    Estos determinan los valores que se asocian a ese país. Una buena marca país es, para los defensores de este concepto, un valor añadido para los productos provenientes de ese país y etiquetados como «Made in...», así como para el turismo, la atracción de capital extranjero, la captación de mano de obra y su influencia política y cultural en el mundo.

    Como consecuencia de ello, numerosos países cuentan con organismos dedicados a mejorar su imagen de marca y enfatizar sus cualidades diferenciadoras.

    Famosas han sido muchas, como “My name is Panama”, la muy conocida “Pura vida” de Costa Rica, “Hay un Perú para cada quien”, “Presencia Suiza” o “La Respuesta es Colombia”.

    Se trata sin duda, de un verdadero activo, que puede potenciar las riquezas de una nación si es bien manejada, hecho que parte de cuáles son las fortalezas reales del país en cuestión.

    Porque es que la marca país tiene que ser primero que nada, transparente, basada en hechos y realidades, amén de basarse en virtudes sostenidas en el tiempo.

    Si miramos hacia atrás, descubrimos un potencial enorme para empezar a construir esa marca país. Una industria petrolera sólida y próspera, paisajes espectaculares, mujeres hermosas, peloteros sobresalientes, una industria televisiva de exportación, cacao, ron y pare usted de contar.

    La nota publicada en los medios que difundieron la iniciativa, señala que “Uno de los objetivos del lanzamiento de esta marca país es posicionar a Venezuela internacionalmente dando a conocer sus capacidades en turismo, exportación, nuevas inversiones y cultura”.

    Sin embargo, el pecado número uno de los últimos tiempos, ha sido sin duda la pérdida de foco. La infatuación por un espejismo ideológico que dividió al país en dos, y ese es el primer torpedo en la línea de flotación de cualquier pretensión de construir una marca país.

    Tristemente, mucho de aquello que nos servía para ser distinguidos en el mundo, ha perdido su potencia y se ha diluido en los vericuetos que nos han distraído de tener un propósito certero y común para avanzar como colectividad. Porque, de un país dividido y en pugna, no se puede crear una marca.

    Para nadie es un secreto que la economía nacional se ha convertido en un juego trancado que ha desfavorecido a la iniciativa particular. Esa iniciativa que hubiera podido, por ejemplo, diseminar por el mundo los excelentes productos que se pueden manufacturar con el cacao venezolano.

    Sí, tenemos unos paisajes que nos enorgullecen. Pero, ¿dónde está la infraestructura turística? ¿Los hoteles y posadas? ¿Los servicios que puedan atraer al turista extranjero y sus divisas? ¿El personal formado para brindar atención a los visitantes? Todos estos son obstáculos que dejan a una potencial fuente de prestigio para el país en un puñado de buenas intenciones que no encuentran su sendero para materializarse.

    Sí, está bien: construyamos una marca país. Pero primero, lo primero.

    Pensemos en Venezuela como en una casa. Una casa a la que hay que poner en orden. Hay que limpiar a fondo, pintarla toda, arrancar la maleza del jardín, sembrar flores para luego regarlas y abonarlas. Reparar los tomacorrientes en mal estado y los botes de agua en los grifos, además de esa hornilla que no funciona en la cocina. Limpiar bien los vidrios de las ventanas, para poder tener la mejor visibilidad.

    Y entonces sí. Tomemos fotos y videos, invitemos a los visitantes, sirvamos la mesa y seamos los mejores anfitriones.

    Con ese chocolate y con ese ron que nos enorgullecen. Con las mujeres más bellas del mundo y los mejores deportistas. Con unas casas de estudio de las cuales egresen profesionales reconocidos y premiados en el mundo entero.

    De esa manera algún día, como consecuencia de haber puesto todo en su sitio, existirá una marca país de la cual estaremos orgullosos.

    David Uzcátegui
  • 15-02-2019
    “La juventud marca el rumbo”
    El pasado día 12 de febrero, no solamente se conmemoró un nuevo aniversario de la Batalla de la Juventud, sino que fue una conmemoración muy especial: 205 años, lo que llamamos un aniversario redondo.

    El momento nos parece sumamente propicio para reflexionar sobre el rol de la juventud en nuestra sociedad y nuestra historia, en un paralelismo entre aquel momento y lo que han sido otros hitos posteriores en nuestros días como nación.

    Debemos recordar que aquella batalla formó parte de la Guerra de Independencia venezolana, donde los republicanos liderados por José Félix Ribas se enfrentaron a las fuerzas realistas comandadas por José Tomás Boves, cuando este último intentó tomar la emblemática ciudad de La Victoria.

    Ribas, al ver la escasez de soldados regulares, decidió armar a aproximadamente mil estudiantes de colegios y seminarios de la ciudad y otros poblados cercanos, entre ellos 85 muchachos del Seminario de Santa Rosa de Lima, de Caracas.

    Antes de entrar al campo de batalla, Ribas animó a los jóvenes que lo acompañaban, para que defendieran hasta el límite de sus fuerzas el suelo de la patria.

    No tenían experiencia en manejo de armas de fuego, lanzas o espadas, pues su única herramienta hasta ese momento habían sido los libros que utilizaban para sus estudios. Junto a los mil quinientos soldados que estaban bajo su mando, Ribas armó paralelamente aquel ejército de adolescentes, inspirados por un ideal y con más voluntad que fuerza para enfrentar un reto que lucía demasiado grande.

    Se dice que lo que marcó el éxito de una empresa tan desigual, fue la arenga de Ribas: “Soldados, Lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. Defendámonos del furor de los tiranos, la vida de nuestros hijos, el honor de nuestras esposas, el suelo de la patria; mostrémosle nuestra omnipotencia. En esta jornada que va a ser memorable, ni aún podemos optar entre vencer o morir: ¡necesario es vencer! ¡Viva la República!”.

    La batalla duró interminables horas y fue enfocada básicamente hacia una estrategia de resistencia, hasta que finalmente llegaron los refuerzos de Vicente Campo Elías, que dieron la estocada final a las tropas realistas en la Batalla de la Victoria. Al final, alcanzaron la victoria, como el nombre de la ciudad donde les tocó librar tan dura y desigual lucha.

    Pero la Batalla de la Victoria no ha sido la única demostración de la valentía y el arrojo de la juventud venezolana. En los tempranos años del siglo pasado, un grupo de muchachos se organizó en centros estudiantiles y de la mano de Pío Tamayo, y comienzan a participar en diferentes actos culturales, que derivan en un movimiento que se enfrentó a Juan Vicente Gómez, por reivindicaciones par los estudiantes en particular y para los venezolanos en general.

    De esa generación saldrían notables hombres históricos de la política venezolana, como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Miguel Otero Silva, Raúl Leoni y Juan Bautista Fuenmayor, entre otros. Este momento histórico fue conocido como La Generación del 28, en referencia al año en el cual irrumpieron en la vida pública, desde sus aulas de la Universidad Central de Venezuela.

    Siempre es bueno mirar hacia atrás para constatar, entre otras cosas, que es la juventud la que suele marcar las transiciones entre etapas históricas que, así como en Venezuela los jóvenes han sido parteaguas de etapas y procesos, lo han sido también en toda la historia y en todo el mundo.

    Si bien estamos en un siglo muy joven aún, ya una juventud estudiosa venezolana se perfila como motivo de orgullo para nuestra tierra, cuando conocemos de noticias como que el joven venezolano Rodolfo Barráez recibió el Premio Internacional de Dirección de Orquesta Ofunam 2018 en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tras competir con otros internacionales de altísimo desempeño.

    O que los arquitectos venezolanos Gabriel Visconti y Marcos Coronel hayan sido galardonados con el premio Joven Arquitecto de Latinoamérica en la décimo sexta Muestra de Arquitectura de Venecia, en Italia. O que jóvenes venezolanos estudiantes de la UCAB Y la USB hayan sido reconocidos con el primer y segundo lugar por la Universidad de Harvard con los premios Modelo de Naciones Unidas a Mejor Delegación y Mejor Delegación Internacional.

    Desde un siglo XXI donde las armas son el conocimiento y la educación, permanecemos expectantes, sabiendo que nuestra juventud está abocada a construir el país que merecemos. No los dejemos solos y trabajemos con ellos, para hacer posible lo que deseamos como nación.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 01-03-2019
    “Trabajo y más trabajo”
    Entre las numerosas polémicas que día a día entablamos en nuestro país, la que estrenamos esta semana fue sobre el hecho de agregar días feriados al ya tradicional asueto carnavalesco.

    Y es que, contra lo que se pudiera esperar, la noticia de una posibilidad de sumar fechas adicionales a un calendario ya establecido desde que tenemos memoria, no fue bien recibida por todo el mundo.

    Es más, nos atrevemos a afirmar desde nuestra experiencia, que el venezolano promedio no vio con buenos ojos la idea. Al menos eso es lo que hemos obtenido como resultado, tras hacer consultas en nuestro entorno.

    Sin embargo, vamos a partir para este análisis desde el principio.

    El Gobierno Nacional publicó en la Gaceta Oficial número 41.595 de fecha 26 de febrero de 2019, el decreto que establece como días no laborables el 28 de febrero y el 01 de marzo.

    Ya desde el pasado 20 de febrero, durante un acto San Francisco de Yare, estado Miranda, Nicolás Maduro, expresó: “Pensando en los niños, las familias, en la cultura, este año vamos a adelantar los carnavales. Declaro días de asueto el jueves 28 de febrero y viernes 1 de marzo para encender toda esta fiesta cultural, de alegría y felicidad social”.

    Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de conocerse las declaraciones de voceros de diversas intituciones y agupaciones que giraron instrucciones en contrario.

    José Grasso Vecchio, director ejecutivo de la Asociación Bancaria de Venezuela, anunció que los días jueves 28 de febrero y viernes 1° de marzo son laborables para la banca y prestarán todos sus servicios.

    El asesor financiero hizo la aclaratoria en un mensaje a través de su cuenta en Twitter, ante los ya citados anuncios del Gobierno de adelantar el asueto de Carnaval.

    Las declaraciones de Grasso fueron ratificadas por empleados de las entidades bancarias, quienes confirmaron que tenían previsto trabajar hasta el viernes, debido a que no han recibido instrucciones contrarias por parte de los gerentes ni de las autoridades de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario.

    Los funcionarios de ese organismo regulador, indicaron que Sudeban no ha emitido ninguna resolución relacionada con la extensión del asueto de Carnaval.

    También participaron que las actividades laborales se mantienen de acuerdo a lo establecido en el calendario sobre los días feriados bancarios y en la agenda de este año se indica que únicamente el lunes y martes de Carnaval no serán laborables, como es habitual.

    Por su parte, los presidentes de Fedecámaras, Carlos Larrazábal; y de Consecomercio, María Carolina Uzcátegui, hicieron por separado llamados a no paralizar las labores en las actividades económicas.

    Larrazábal se pronunció por establecer reuniones entre las empresas y sus trabajadores “de manera consensuada” para incrementar la productividad en rechazo a la prolongación del asueto de Carnaval decretado por el Gobierno. “La única forma de salir de la crisis es trabajando y produciendo”, dijo.

    Añadió que el trabajo informal en Venezuela asciende al 50% de los ciudadanos e indicó que los ingresos por esta actividad se “producen por el día a día, por lo tanto, les conviene trabajar todos los días”.

    También indicó que a la fecha las universidades y un gran número de empresas trabajarán el jueves 28 de febrero y el viernes 1 de marzo.

    María Carolina Uzcátegui dijo a la vez que Venezuela necesita producir “por la grave hiperinflación y distorsión económica”, en especial en un fin de mes, cuando los ciudadanos necesitan cobrar sus salarios.

    Llamó al sector comercial y a los institutos de educación, a los padres y representantes a continuar con las actividades laborales del país.

    Así las cosas, quedará de parte de la conciencia de cada quien la decisión de laborar o no. Por nuestra parte, nos anotamos entre los primeros e invitamos a quienes nos leen a hacer lo mismo.

    Consideramos –y hay muchos de acuerdo con nosotros– que cargar dos días de sueldo a unas fechas que no se van a trabajar es algo pernicioso para todos. Tanto para la escasa iniciativa privada que aún sobrevive en el país, como para la administración pública, que trabaja con unos recursos que nos pertenecen a los venezolanos y que debemos buscar incrementar y no disminuir.

    Sí, tenemos tradicionales fiestas y asuetos, de todos conocidos y con una tradición histórica por detrás.

    Pero el incremento de estos días sin base alguna, sin propósito visible y en momentos que no son los adecuados, no contribuyen en modo alguno al bienestar del país. La gente lo sabe.

    Unos asuetos traídos por los cabellos no sirven para seducir al compatriota trabajador. Por el contrario, lo que hacen es reafirmarle el extravío que anda suelto por allí y que no está como para ser seguido en los días que corren.

    David Uzcátegui
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  • 16-03-2019
    “Servicios públicos, una reflexión”

    Definitivamente Venezuela no puede seguir corriendo la arruga respecto a la situación que actualmente atraviesan los servicios públicos de nuestro país. Y esto pasa por tareas como preguntarnos a qué se debe que hayamos llegado a esto, además de cómo podemos superarlo.

    “Se pierde la razón de existencia del Estado cuando este no vela, cuida ni asegura la prestación eficiente y oportuna de los servicios públicos fundamentales, cuando no rinden cuenta sus funcionarios a cargo, y cuando los entes controladores y reguladores no aplican las sanciones previstas en la Ley”, señaló el planificador ambiental y social Hernán Papaterra, en nota publicada en el diario El Universal, el 7 de agosto de 2018.

    Si bien es cierto que, mirando hacia atrás, nuestra nación jamás contó con servicios óptimos de luz, telefonía, transporte, aseo, gas o aguas, sí es también verdad que en algún momento se contó con estándares bastante aceptables y sobretodo, con la voluntad y el propósito de mejorar las cosas. Y, sobre todo, con la certeza de que era posible mejorarlas.

    Había sentido de lo que era el progreso, y era a lo que todos aspirábamos: a nuestro derecho de ser respetados como ciudadanos, tanto desde la administración pública como desde los prestadores de servicios privados.

    Baste como ejemplo aquel elevado nivel de calidad del Metro de Caracas, que se convirtió en referente de un transporte masivo de vanguardia y que enorgullecía a sus usuarios de tal manera, que eran ellos los primeros y muy celosos cuidadores de su integridad y eficacia.

    Desde nuestra perspectiva, se han cometido varios errores garrafales en las dos últimas décadas. Y eso es lo que estamos pagando hoy.

    El primer error fue sin duda la nacionalización. Cargar a la administración pública con la responsabilidad de tareas que pueden ser acometidas por la empresa privada, es una ruta segura al fracaso.

    En el caso particular de Venezuela, la nación se sobrecargó con la tarea de ofrecer servicios que, si bien no eran los mejores para el momento, ya tenían buenos estándares de prestación. Y el reto era superarlos. Sin embargo, esto no se logró. Muy por el contrario, los niveles han descendido dramáticamente, y no se ve solución al final del túnel.

    La nacionalización trajo otro pecado capital: el rellenar la nómina de estas empresas con personal políticamente afín al gobierno de turno, por encima de la opción de buscar personal adecuadamente calificado.

    El entender la prestación de servicios básicos como una posibilidad de hacer propaganda al modelo de gobierno imperante, comprometió de manera muy delicada la calidad del servicio ofrecido.

    Porque si bien pensamos que estos aspectos de la vida ciudadana deben estar en manos de particulares, también es verdad que toca al gobierno supervisar y garantizar la eficiencia en la operación, por parte de quienes sean favorecidos con estas concesiones.

    Por si fuera poco, la excelencia en los servicios públicos permite optimizar la calidad de vida de la gente, al optimizar su día a día y propiciar que puedan enfocar su atención en la familia, los estudios y el trabajo. En dos palabras, crecer como seres humanos.

    En el lado opuesto, el lidiar con falencias en los mismos significa pérdida de tiempo y energía, es un torpedo en la línea de flotación para las tareas cotidianas, consume energía, roba el foco y nos hace a todos menos eficientes, limitando también nuestra capacidad de disfrute y de compartir con los nuestros.

    Es adicionalmente uno de los más eficaces instrumentos para profundizar las diferencias entre ciudadanos, ya que quienes ostentan mayor poder adquisitivo siempre podrán pagarse suplidores de mayor calidad, mientras los que no tienen opción deben conformarse con una calidad que dista de la merecida, de la que es su derecho.

    También es clave la educación ciudadana. Y al mencionar este aspecto, nos referimos al derecho que tiene la gente de exigir calidad en el servicio. Y al deber que tiene el gobierno de ofrecerlo, sea a través de organismos privados o tomando para sí mismo esta responsabilidad.

    Pareciera que la gente no tiene derecho a alzar su voz cuando lo que recibe es menos que bueno. Y esto es una anormalidad que debe ser superada con urgencia.

    Por otra parte, el apuntar a la excelencia en tales tareas es sin duda otra manera de empujar la prosperidad del país.

    Es urgente e importante enfocar este sector de la economía como un potenciador del bienestar económico, para la creación y multiplicación de riqueza, así como para su distribución entre los habitantes de un país.

    La nación y la ciudadanía merecen servicios públicos de primera, y más allá de eso, tenemos la posibilidad de crearlos, mantenerlos y disfrutarlos. Solamente necesitamos la voluntad de hacerlo.

    David Uzcátegui
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  • 01-02-2019
    "Balance de dos décadas"
    El 2 de febrero de 1999, un país creyó. Tomó posesión de la Presidencia de la República un hombre que había prometido demoler los cimientos de una nación para reconstruirla de manera nueva, de una forma que sedujo a la mayoría de quienes fueron a votar; mientras provocó reservas en no pocos.

    Hugo Rafael Chávez Frías caracterizó su campaña electoral con el tremendismo de su discurso, sacudiendo así a un país que estaba cansado de un círculo vicioso que no sabía ir más allá en los requerimientos de la ciudadanía.

    Pero lo que vendría, ¿era mejor o peor? Era la pregunta que muchos se hacían y que fomentaba dudas en los primeros tiempos del nuevo mandatario. Y la mayoría optó por creer, estrenándose el nuevo funcionario con una popularidad que rondaba el 80%

    Se dice que una de las mayores virtudes de Hugo Chávez fue incluir a los venezolanos más desposeídos. Sin embargo, también cabe preguntarse en qué los incluyó. Porque ciertamente lo hizo en su discurso y los volvió eje del mismo.

    Sin embargo, al día de hoy, son justamente ellos, por quienes decía trabajar, las víctimas que mas han sufrido y que más sufren los numerosos desaciertos en la administración del país.

    Quizá el mayor de todos los errores del chavismo fue continuar adelante con la perniciosa dependencia del petróleo para sustentar a toda una nación. Y no solamente continuaron con esa garrafal equivocación histórica, tantas veces cuestionada por intelectos sobresalientes como los de Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonso. Más allá, sencillamente se confió el proyecto político en esta característica de nuestro país. Y por ello, la convirtieron en la única tabla de salvación.

    Y es que las utopías y los idealismos se enfrentan con una cruel realidad cuando se toma el poder: se necesita dinero. El chavismo lució viable mientras los precios del petróleo se mantuvieron astronómicamente altos. Con el barril por encima de los cien dólares, hubo dinero para todo, absolutamente para todo, y aún sobraba.

    Este fue el espejismo con el cual el chavismo cerró su primera década y arribó a la segunda: sí era posible la “revolución bonita”. Era viable, había dinero en la calle, como se acostumbraba a decir. Y vendía una imagen de éxito ante el mundo.

    Pero fue un dinero tremendamente mal administrado. No se invirtió. No se pensó en educación, en futuro, en recurso humano, que es la riqueza real de un país.

    No se ahorró, como han hecho prudentemente países de la talla de Noruega, que descubrió su petróleo mucho después que nosotros y hoy es un país estable, donde a sus ciudadanos no les falta lo necesario. Y lo es porque el dinero proveniente de la riqueza petrolera se ahorró y se invirtió.

    Los recursos que ingresan por este concepto se han manejado con tal tino, que las altas y bajas en el mercado mundial no son sentidas por sus ciudadanos. Aquella riqueza se manejó tan acertadamente que ahora brinda prosperidad y bienestar por sí misma.

    Y ahora que hablamos de industria petrolera, otro desatino fue sin duda el prescindir de la gente calificada para manejarla. El ponerla en manos de personas que tuvieran afinidades políticas e ideológicas, marcó el declive de la industria petrolera venezolana. Y si se pretendía jugar a la viabilidad de la revolución contando con el recurso suministrado por Petróleos de Venezuela, una decisión así era doblemente suicida. Algo que solamente podemos medir a la luz de las dos décadas que han transcurrido.

    En paralelo, el apetito de poder fue tal, que no se quiso compartir con nadie. Otro error que torpedeó a Venezuela como país. La iniciativa particular se estigmatizó, cortando las alas a la industria privada. El Estado se hizo omnipotente y pretendió abrogarse para sí todas las responsabilidades, en un ejercicio de prepotencia que tarde o temprano se iba a volver contra él mismo.

    Y es que un país se construye entre todos, entre muchos, en equipo. Pero esto jamás se entendió.

    El mismo recurso petrolero que iba a servir para cimentar ese proyecto ideológico, sirvió para un juego perverso: importar bienes de consumo subsidiados, a precio que dejara a los productores particulares fuera de competencia.

    Con la empresa privada fuera de juego, no era difícil predecir lo que sucedería cuando los precios del petróleo se desplomaran, algo que siempre va a suceder, por los ciclos naturales de ese mercado. Y sucedió. Nos quedamos sin importaciones y ya no había industria nacional.

    La revisión de lo que han sido estas dos décadas de un polémico proyecto político llevado a la realidad, podría llenar páginas y páginas, pero baste decir que, para incluir a unos, no es necesario excluir a otros. Que la soberbia siempre es mala consejera. Y que todo líder político responsable debe sacar bien sus números.

    David Uzcátegui
  • 09-11-2018
    “Estados Unidos se renueva”
    El mundo entero está procesando aún los resultados de las elecciones efectuadas en Estados Unidos. Conocidas como de “medio término”, ocurren cada cuatro años y a la mitad de cada mandato presidencial. Sirven para renovar importantes autoridades, entre otras a gobernadores, una parte del senado o cámara alta, a la totalidad de la casa de los representantes o diputados; así como para decidir sobre importantes aspectos de las realidades locales.

    El presidente Donald Trump ha calificado la jornada como un gran éxito, suponemos que debido a que la cámara alta se mantuvo en manos de su partido, el Republicano. Sin embargo, como la renovación de esta instancia legislativa es apenas parcial, era bastante difícil que cambiara de color. Por otro lado, copartidarios que no le eran afines y que mantenían una línea más moderada, terminaron su período, con lo cual los senadores republicanos serán más afines a él de ahora en adelante.

    Sin embargo, la gran noticia –y el triunfo para la democracia- viene en el hecho de que la cámara baja o de representantes pasa por primera vez en mucho tiempo a tener mayoría demócrata, es decir, opositora. Y es aquí donde se pone interesante el asunto.

    Estados Unidos es una de las democracias más emblemáticas de occidente, ya que se precia de garantizarse a sí misma mediante la solidez de sus instituciones, la independencia de sus poderes y una filosofía de gobierno conocida como de “balances y contrapesos”.

    El fenómeno Trump había venido acompañado hasta el momento de mayorías en ambas instancias del poder Legislativo y con ello, había sido percibida como una verdadera ola de poder.

    Sin embargo, exactamente a dos años del triunfo electoral de este magnate inmobiliario -a medio término de su mandato- sucede este acontecimiento comicial que es una suerte de evaluación de lo habido hasta ahora.

    Para los estadounidenses, las elecciones de medio término representan una suerte de referéndum sobre la gestión presidencial, a mitad de su camino. Y Trump no salió mal librado, aunque haya visto menguar su poder a manera de advertencia. Algo usual en las elecciones de medio término.

    Para empezar, debemos aclarar que generalmente, en estas elecciones, las instancias a ser electas terminan inclinándose por la voluntad popular hacia la opción opuesta al mandatario de turno. Es lógico que haya desencantos ante excesos y promesas no cumplidas, tras dos años de ejercicio que muchas veces acaban con las ilusiones originales de los votantes que lo favorecieron.

    La mayoría demócrata entre los representantes, es una alerta amarilla al primer mandatario estadounidense. Se siente que hay excesos de su parte y la ciudadanía empoderó a sus rivales políticos para que lo contengan.

    Desde la cámara baja del legislativo estadounidense, ahora se podrá profundizar con poder real sobre aspectos polémicos de la administración Trump. Por ejemplo, el muro en la frontera con México, promesa emblemática de su campaña presidencial, muy probablemente duerma el sueño eterno, porque es un proyecto de suficiente envergadura como para necesitar la aprobación -o el veto- de esta instancia legislativa.

    También se puede iniciar una investigación por la presunta y controversial intervención cibernética rusa en las pasadas elecciones presidenciales de 2016. Finalmente, los reiterados ataques a la migración ilegal terminaron generando el rechazo de todos los migrantes en general, en un país que ha hecho de la inmigración una de sus grandes fortalezas.

    La intensa retórica trumpista ha dividido a Estados Unidos, pero al menos hasta el momento, esta división se ha canalizado a través de representantes de ambas tendencias dentro de importantes instancias de poder. Cosa que no es de extrañar y para muestra un botón: su antecesor, el aún muy popular Barack Obama, gobernó con el Congreso en contra. Asuntos normales en las democracias robustas.

    Rojos y azules conviven y debaten en el norte, mientras incluso se habla de asuntos de agenda política que podrían contar con votos unánimes de ambos extremos políticos, por el bien del país. Algo que suele suceder en EEUU cuando se enfrentan asuntos de interés nacional. Esto se daría en temas como nuevos proyectos de infraestructura o cómo disminuir el costo de las medicinas con prescripción.

    Trump, como capitán de empresa, está acostumbrado a ordenar y ser obedecido. Los políticos, aún los presidentes, deben negociar. Este segundo tramo de su mandato nos dejará saber si finalmente se graduó de político y logra un segundo período en la Casa Blanca, o si por el contrario los demócratas aprovechan la oportunidad que les ha brindado el siempre decisivo y poderoso electorado independiente, para colocar a uno de los suyos en la primera magistratura para el año 2020.

    David Uzcátegui
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