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David Uzcátegui
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  • 26-04-2019
    “Los ceros sobre los hombros”
    Las más sombrías predicciones sobre el destino del bolívar soberano no solamente se han cumplido, han ido mucho más allá. En cosa de unos meses, la nueva moneda venezolana ha hecho aguas irremediablemente ante el dólar, siguiendo el destino de su predecesor, el bolívar fuerte, pero a mucha mayor velocidad.

    El más reciente episodio en esa lucha perdida fue el pasado lunes 22 de abril, apenas al regresar del asueto de Semana Santa, cuando el precio oficial del signo estadounidense pasó de 4.113 a 5.200 bolívares soberanos. Y no se trata de ninguna referencia especulativa, sino de la tasa reconocida formalmente por el ente emisor nacional.

    Para que tengamos una idea de lo rápido que han cambiado las cosas en este sentido, hacia finales de agosto de 2018 –apenas 8 meses atrás–, el Banco Central de Venezuela, a través de su página web, informó de que un dólar estadounidense pasó de costar 2,49 bolívares soberanos a 60, lo cual significó un aumento oficial superior al 2 mil por ciento en una sola jornada. La para entonces recién estrenada denominación de la moneda nacional demostró así lo que todos sabemos: de nada vale cambiar el nombre o eliminar ceros, si no se sanea primero la economía.

    Se trata de recomendaciones que han hecho los más serios economistas y conocedores del tema, pero que han sido ignoradas una y otra vez por quienes han conducido las políticas monetarias de un tiempo para acá.

    Haciendo un poco de historia, recordemos que el bolívar fue establecido en 1879 como unidad monetaria por el presidente Antonio Guzmán Blanco, llevando su nombre en honor a Simón Bolívar, el Padre de nuestra Patria.

    Por décadas, tuvimos una de las monedas más fuertes del mundo, hasta que comenzó su deterioro en los años 80 del siglo pasado. El mismo llegó a tales niveles que en 2008 se debió recurrir a la primera reconversión monetaria, en la cual se estrenó la denominación “bolívar fuerte”.

    Aquel pañito caliente en su momento recibió críticas que lucían con fundamento, como ahora comprobamos. De nada serviría el esfuerzo ni la inversión de crear una nueva moneda, si no se hacía frente a las causas que habían pulverizado a la anterior, que duró 129 años.

    Y efectivamente, a esa primera reconversión de hace poco más de una década, que le eliminó tres ceros a la moneda, hubo que sumar apenas diez años después una segunda, la cual eliminó cinco ceros más, para un total de ocho.

    El asunto esta en que, a diferencia del primer intento, este nuevo signo aguantó por mucho menos tiempo los embates de los errores. Porque esa y no otra, es la causa de que las monedas engullan vorazmente los ceros.

    ¿Cuáles son los desatinos que nos han llevado a niveles récord de inflación, nunca antes imaginados, y mucho menos experimentados?

    En primer lugar, la incomprensión. La economía no recibe órdenes. Por más que cueste entenderlo y más aún aceptarlo, es una ciencia y una ley. Cuando un error se comete, se pagarán las consecuencias en un trecho más adelante, y no hay manera de echarle tierrita al asunto. Y es este el error garrafal, contado en modo macro, de nuestra Venezuela en lo que va del siglo XXI. Porque, además, los errores no empezaron ayer. Son de muy vieja data.

    Y nos referimos por supuesto, al fabuloso ingreso petrolero de una década atrás. Una incuantificable fortuna que se despilfarró y no se ahorró ni mucho menos se invirtió, dejándonos desguarnecidos para los años de las vacas flacas que tenían que venir, ya que los ciclos del mercado petrolero son de altas y bajas, como bien deberían saber quienes están al frente de las finanzas de un país que cuenta con este bien como su mayor recurso.

    El petróleo caro dio la posibilidad de comprar bienes en el exterior, estrangulando así la producción nacional. Ahora no hay dinero para comprar afuera, mientras que adentro ya no se produce más. Es lo que en buen criollo llamaríamos el “ratón” después de la fiesta.

    Y en un mercado donde hay pocos bienes y muchos compradores, estos bienes se encarecen. Es la manera más sencilla de explicar la inflación.

    Lleve usted esta explicación a niveles exponencialmente complejos, multiplicados por la reiteración de las decisiones desacertadas y obtendrá una moneda incontrolable, aderezada nada más y nada menos que por la desconfianza de la gente, que no ve en el horizonte intención alguna de rectificación por parte de quienes nos adentraron en este callejón sin salida. Es esto una tormenta perfecta para no tener confianza alguna en la nueva moneda, que nació con plomo en el ala.

    Ya no cabe duda, tras la reiteración de los desatinos, que la única salida es un drástico cambio de rumbo. Pero mientras este no se implemente, es el venezolano de a pie quien sigue cargando en su espalda con el peso de esos ceros que se reproducen como monte a la derecha de la moneda.

    David Uzcátegui
  • 03-05-2019
    “Venezolano y trabajador”
    El trabajador venezolano llegó a la fecha que debería ser para celebrar su día, en el marco del más desolador panorama que pueda recordar. Una efeméride que supone ser festiva, dejó de serlo desde hace rato, y la atmósfera que la rodea es cada vez más dramática.

    Lo cierto es que nuestros trabajadores recibieron este primero de mayo con un poder adquisitivo ínfimo, debido al deterioro de su salario en la capacidad para adquirir bienes y servicios; mientras paralelamente se hace cada vez más difícil el acceso a los mismos por las circunstancias en las cuales se encuentra sumido el país.

    ¿Cuál es el lugar de la clase trabajadora en una nación que ha visto mermar persistentemente su productividad? Porque el pan nuestro de cada día en los últimos años ha sido el cierre de empresas, la escasez de insumos para producir y el omnipotente Estado-empleador, el patrono más grande del país, que se ha convertido en un monopolio en este sentido, restando a la libre empresa y a la competitividad, que son elementos clave para potenciar los ingresos de quienes viven de un oficio, de lo que saben hacer.

    En este país ya no se cae desde hace mucho rato en el fatuo deslumbramiento de un aumento salarial decretado desde el poder. Y esto se debe a que, para que eso sea una buena noticia, debe producirse en el marco de una economía estable, sólida, firme, en la cual el aumento en cuestión no se vea devorado por la inflación en cosa de pocos días.

    Ya el venezolano aprendió desde hace rato que la seguidilla de incrementos en el sueldo no es más que la confesión explícita de cuán deterioradas están las finanzas nacionales. Es el intento de poner un pañito caliente sobre una situación que se escapa de las manos, y que al final del día es también intentar apagar el fuego con gasolina, porque pone más peso sobre los hombros de las escasas empresas que se atreven aún a operar en nuestro territorio. A esas mismas empresas, puestas contra la pared, no les queda más que cerrar ante la imposibilidad de cumplir con las cargas obligatorias que van en aumento, en contraste con la caída de su productividad y sus ingresos.

    Perseguir y criminalizar a la iniciativa privada tampoco ha sido buena idea. Quienes más han sufrido por ver mermadas sus posibles fuentes de trabajo han sido, al final del día, los ciudadanos.

    No se han dado para nada las condiciones que permitan a los emprendedores iniciar sus propios negocios para con ello no solamente generar su propio sustento, sino incluso propiciarlo para terceros y con ello, relevar al Estado del peso de responsabilizarse por los medios de vida de más y más trabajadores.

    El tremendismo del discurso –y de los hechos– que se han vivido en la Venezuela de los últimos años, ha costado dinero contante y sonante. Dinero que no entra al bolsillo de los padres de familia, y que genera vacíos en hogares de nuestra tierra.

    Tristemente, los mecanismos tripartitos para obtener beneficios que incrementaran el ingreso real del trabajador, también han desaparecido. Esos valiosos instrumentos de diálogo, que involucraban a todas las partes interesadas con el fin de ganar-ganar, tampoco existen ya.

    El sector privado ha mermado exponencialmente su productividad, el público está exhausto y no puede más con una nómina de semejantes dimensiones; mientras la iniciativa propia se encuentra con un muro de impedimentos, que logra disuadir al más optimista.

    ¿Se le puede pedir más al trabajador venezolano de estos tiempos? Cuando la realidad es que nos encontramos incluso ante quienes prefieren renunciar a su empleo, porque nada más en pasajes gastan más que los ingresos que obtienen. Es más negocio quedarse en casa.

    En síntesis, todo el planteamiento económico de un proyecto político ha sido absolutamente errado. Y han sido errores que han degradado la calidad de vida del trabajador venezolano.

    Si de verdad el bienestar del empleado importa, hay que hacer un profundo, urgente y drástico cambio de rumbo, el cual debe dejar de lado prejuicios y colocar por delante hechos y verdades, números y cifras, para poner en color azul los ingresos de la gente.

    Propiciar la iniciativa privada, incentivar las inversiones, enfocarse en el crecimiento del país y hacer más eficaz al sector público, son tareas impostergables, de cara a la adversidad del momento que viven hoy los venezolanos que trabajan.

    Esta debería ser una iniciativa que nos convocara a todos. No puede haber nadie en nuestra nación que ponga por delante de esto ningún otro interés, porque estamos hablando del desarrollo y del bienestar de los venezolanos, del porvenir de nuestro país. ¿Es eso lo que queremos todos? Pues vamos a demostrarlos en hechos. Y ojalá para el año próximo, sí podamos decir que el día del trabajador es un día feliz.

    David Uzcátegui
  • 20-04-2019
    “Las cenizas de Notre Dame”
    El tema de conversación mundial durante esta semana, ha sido sin duda el gigantesco incendio que dañó fatalmente a la majestuosa catedral de Notre Dame, en París. Y lo más irónico es que ha sucedido justamente en medio de la Semana Santa, cuando debería aprestarse a mostrar sus reliquias.

    Ante el fuego envolviendo el lugar sagrado el lunes, los católicos de todo el mundo reaccionaron con espanto e incredulidad, especialmente cuando la emblemática aguja que la coronaba se derrumbó entre las llamas, tras haber sido el mirador por excelencia para divisar París desde las alturas. No es solamente una pérdida de Francia, es una pérdida mundial.

    Este incendio impacta mucho más allá del catolicismo, golpeado en uno de sus más entrañables monumentos. Duele a la humanidad, a la historia, al arte, a la cultura, a lo que ha sido y es el occidente. Y es quizá un buen momento para sopesar todo lo intangible pero imprescindible que cargamos con nosotros los humanos como género. Nuestra herencia, nuestro apego a los símbolos valiosos que nos dan sentido.

    Al momento de escribir estas reflexiones aún es muy difícil tener información sobre el alcance exacto de la tragedia, pero a grandes rasgos ya se conoce que dos tercios del techo de la catedral se quemaron, según el ministro francés de Cultura, Franck Riester.

    Los bomberos dijeron, apenas pudieron controlar las llamas, que la estructura "está a salvo y preservada". Tocará en los días inmediatos hilar más fino sobre esta afirmación, ya que otra de las interrogantes es si la estructura que queda en pie ha quedado sentida o puede considerarse el punto de partida para una reconstrucción.

    En medio de la vorágine de violencia mundial, se especuló en un primer momento que el fuego pudiera haber sido intencional, lo cual no es descartable en los complejos momentos que vivimos en el planeta.

    Sin embargo el fiscal de París, Rémi Heitz, aseguró que se privilegia la “tesis accidental” y agregó que “No hay nada que indique hasta ahora que se trata de un acto voluntario”. Por si fuera poco, 50 investigadores están trabajando en el caso, que sin duda es punto de honor para Francia.

    Se cree que el incendio está vinculado a los trabajos de rehabilitación que habían comenzado. Han empezado los interrogatorios a la 15 de trabajadores que estaban en el momento. La investigación será “larga y compleja”, según advirtió Heitz.

    También es conveniente apuntar que en todo proceso de reconstrucción hay un riesgo de incendio que es inevitable, según declaró el presidente de la comisión de seguridad del Colegio de Ingenieros Industriales de Catalunya, Jordi Sans, a propósito del suceso.

    Toca ahora el complejo inventario de pormenorizar lo que desapareció, lo que sufrió, lo que se salvó.

    ¿Podrá ser reconstruido? ¿De qué manera se enfocaría esa hipotética reconstrucción? Y lo que tendremos siempre presente es que, por más que se logre una obra maestra en este sentido, el valor cultural de lo perdido en las llamas es sencillamente insustituible.

    Durante generaciones, Notre Dame ha sido un lugar de peregrinación y oración, que ha convocado a los visitantes del mundo. Y no solamente católicos, o por el significado espiritual del edificio y sus reliquias para un culto en particular, sino por lo artístico, lo arquitectónico y en pocas palabras, por lo admirable que resulta lo que puede construir el ser humano. Obras como esta nos recuerdan todo lo bueno que somos capaces de lograr. Desde nuestro punto de vista ese es el valor indiscutible de iconos históricos como el de Notre Dame.

    Notre Dame atrae a católicos para las oraciones, las misas y el sacramento de la confesión.

    Y cada año durante la Semana Santa, revela algunas de las reliquias más importantes de la cristiandad. Entre ellas se encuentra la Santa Corona, que muchos creen que proviene de la corona de espinas colocada sobre la cabeza de Jesús. Además, está un fragmento del Bosque de la Cruz, que muchos creen que forma parte de la cruz verdadera en la que Jesús fue crucificado y uno de los clavos que los romanos habrían usado en la crucifixión.

    Dolorosamente, muchos siglos de historia fueron alimento de las llamas en apenas unas horas. Ahora toca pensar en reconstruir uno de los monumentos más importantes de Francia.Ya se han activado recolecciones a nivel mundial, entre importantes compañías y filántropos, para dotar de fondo el rescate del templo.

    Notre Dame resurgirá de sus cenizas en un trabajo mancomunado del gobierno francés, la empresa privada, los católicos y los amantes del arte, la historia y la cultura. La célebre iglesia del jorobado de Víctor Hugo seguirá ocupando su lugar entre los patrimonios de la humanidad.

    David Uzcátegui
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  • 17-05-2019
    “Números negros”
    Los números del oro negro venezolano se convierten en un enigma cada vez más indescifrable. Y es que la operación de la empresa que maneja la principal riqueza del país se ha convertido en un asunto sumamente contradictorio, de cara a los matices políticos e ideológicos que de un tiempo para acá han pesado en su gerencia, más allá del puro interés económico. Y ese es el que debería privar, si tomamos en cuenta que el bienestar de los venezolanos depende en mucho de ella.

    Un vistazo del panorama noticioso al respecto, puede dejar más que perplejo a quien se haya perdido por un rato las informaciones sobre el devenir de nuestra primera industria. Y es que sorprende, por ejemplo, que estemos importando petróleo. Pero así es.

    La Organización de Países Exportadores de Petróleo –de la cual Venezuela es miembro fundador– acaba de publicar el Boletín Mensual del Mercado Petrolero correspondiente a abril 2019, en el que muestra un incremento al de la producción de Venezuela, ubicándose en 768 mil barriles por día, según las fuentes independientes o secundarias, lo cual se traduciría en un aumento del 3,78%.

    Sin embargo, según el director ejecutivo de Inter-American Trends, Antonio de la Cruz, “el incremento mensual de 3,78% de la producción de petróleo de Venezuela se debe a la importación de un millón de barriles de crudo ligero”, según cita el portal de información económica Descifrado.

    No es la primera vez que Venezuela importa petróleo en los últimos tiempos. Ya en octubre de 2014 el servicio noticioso inglés BBC daba cuenta de la importación de crudo liviano procedente de Argelia y Rusia, aclarando que, según fuentes oficiales de Petróleos de Venezuela, este cargamento se utilizaría para diluir el hidrocarburo pesado procedente de la Faja del Orinoco.

    Una explicación lógica, por demás. Incluso la misma nota comenta que en la década de los 80, se compró crudo liviano para refinerías en el exterior. Sin embargo, la operación no dejó de llamar en aquel momento la atención en el mercado internacional. Es a esa misma explicación a la que se vuelve a echar mano en esta oportunidad, ya que el crudo nigeriano sería también liviano.

    Sin embargo, sirva la ocasión para pasar revista a lo que está sucediendo en una industria de la cual somos accionistas todos los venezolanos, y que es medular para nuestro sustento, ya que jamás se ha logrado el tan ansiado sueño de diversificar la economía, algo que sí se traduciría en verdadera libertad e independencia, de cara a los vaivenes del negocio petrolero, que rebotan aparatosamente en nuestra cotidianidad.

    Sn embargo, la misma nota de la BBC apunta, unas líneas más abajo que el informe de gestión de 2013 de la misma petrolera asegura que produjo 2.899.000 barriles diarios en ese año, una caída de 11.000 barriles diarios respecto a 2012.

    La buena noticia es que, en abril pasado, la producción de petróleo de Venezuela subió 28 mil bpd con respecto al mes anterior. Esto, según las mismas fuentes de la OPEP. Por su parte, el Ministerio de Petróleo –en comunicación directa, nuevamente según Descifrado– indicó que la producción de petróleo fue 1,037 millones de bpd en abril. Un incremento de 77 mil bpd con respecto a marzo. Aunque las cifras son discrepantes, ambas hablan de aumento. La mala noticia es que este cargamento nigeriano parece crear confusión y distorsión en las cifras. Esperemos que a la brevedad surja una aclaratoria por parte de quienes manejan la industria.

    Otro elemento que hay que agregar a este panorama es el del portal financiero internacional Bloomberg, el cual asoma la posibilidad de que las importaciones tengan como objetivo compensar la caída de la producción que se ha generado a consecuencia de las irregularidades en el servicio eléctrico nacional, las cuales han golpeado la productividad de Petróleos de Venezuela.

    Visto desde este ángulo, es un círculo vicioso el hecho de que las fallas en los servicios afecten de las maneras menos imaginadas nuestra calidad de vida, al multiplicarse a través de la afectación de otras actividades cruciales para mantener los estándares mínimos de servicio que la ciudadanía merece. Y es que, sin duda, la incapacidad para garantizar un servicio eléctrico regular tiene que hacerse sentir en la principal actividad económica del país. Y lo pagamos todos.

    De esta manera, sentimos que se nos escapa cada vez más la legítima aspiración de que el país vaya hacia adelante, y todos con él. Las informaciones confusas y contradictorias sobre la empresa que nos sustenta, no hacen sino alentar el pesimismo que, lógicamente, debe desprenderse de un cuadro como el que se nos dibuja enfrente.

    Hay otras maneras de hacer las cosas, y hasta que no se aborden, no se podrá revertir este panorama adverso que ahoga a los venezolanos.

    David Uzcátegui
  • 05-04-2019
    ¿Dónde estudiarán los niños?
    Parafraseamos el título de una vieja canción para dejar constancia de una de las mayores inquietudes que asalta a la ciudadanía en este momento: la reiterada pérdida de actividades escolares de nuestros niños y jóvenes.

    Marzo fue un mes que nos trastocó las más elementales rutinas a muchos en el país, en medio de los eventos que se generaron tras el irregular suministro de energía eléctrica que todos padecimos.

    Este contratiempo generó graves daños, comenzando por el dramático costo de vidas en los hospitales y pasando por la descomposición de costosos alimentos, que cada vez es más difícil llevar a la mesa. Y pare usted de contar.

    Sin embargo, existe un asunto que nos tiene extremadamente inquietos a todos los padres y es la reiterada pérdida de clases de nuestros hijos.

    Si las cosas siguen como van, el impacto en la trayectoria educativa de los menores va a dejar una huella que será cada vez más imborrable, en tanto y en cuanto la situación se complique.

    Expertos en el tema educativo venezolano han dejado saber que en el mes que recién acaba de finalizar, solamente existieron, de manera oficial, ocho días de clases.

    La profesora Olga Ramos, miembro de la asociación civil Asamblea de Educación, analiza el contexto de toda esta problemática, ante la cual deberíamos prestar más atención por sus posibles consecuencias:

    “El gran problema de todos los días que se pierden de clases es que los alumnos aprenden menos. A todos les dan la certificación automática de que aprobaron, pero los niños y adolescentes se convierten en analfabetas funcionales. Esos muchachos salen sin haber visto completos los programas de matemática o física”.

    Continúa diciendo que, si en los procesos no se hacen unas buenas evaluaciones, van a ir arrastrando deficiencias y no se están formando profesionales potenciales y esto puede generar que los alumnos acumulen frustraciones porque, por ejemplo, muchas de estas personas realizarán trámites como ir a un banco y no van a entender lo que deben hacer.

    Desde que el gobierno suspendió los primeros seis días de clases tras el apagón del pasado 7 de marzo, el Observatorio Educativo de Venezuela había dado a conocer la urgencia de que se estableciera oficialmente una prórroga del calendario escolar, para asegurar que los estudiantes de los distintos niveles pudieran lograr las metas y los aprendizajes previstos en la planificación.

    A este planteamiento respondió el ministro de Educación del gobierno madurista, Aristóbulo Istúriz, quien indicó que “se va a evaluar” la reprogramación del calendario escolar en todos los niveles de la educación.

    Y ese es justamente el problema: un día de clases perdido no se recupera. Al menos no en cuanto a la calidad que debería tener la enseñanza, aunque se marque como recuperado en el papel de un cronograma.

    No es lo mismo que el alumno reciba conocimientos en medio de un calendario escolar normal y con todo el entorno favorable que se le debería garantizar para que aprendiera, a que se le suministren unas clases adicionales tras las interrupciones en el proceso, en condiciones que no son del todo adecuadas y en un entorno que no propicia que los pequeños y jóvenes pongan la atención debida a lo que se les está impartiendo.

    Sabemos, además, que nuestro actual sistema educativo viene desde hace rato con una pata coja, que no es otra que la deserción del personal docente, ante el escaso poder adquisitivo de sus salarios. Mientras unos deciden dedicarse a alguna actividad que sea más remunerativa, otros más se arriesgan a probar suerte en otras latitudes, esperando que sus competencias profesionales sean mejor reconocidas en el aspecto económico. De esto veníamos antes de las obligadas suspensiones de clases por causas de fuerza mayor. Y este otro problema mencionado, sigue siendo un telón de fondo, al cual se superpone el nuevo contratiempo.

    Existe, además, otra gran interrogante: una vez implementado –al menos en lo teórico– este calendario, ¿se cumplirá en lo práctico? Porque lo que hemos visto hasta ahora es que las suspensiones en el suministro eléctrico se mantienen y solamente tenemos una versión que asegura que en un mes se superarán los cortes eléctricos. Suponiendo, optimismo de por medio, que eso sea así, quiere decir que sumaremos al tiempo perdido hasta hoy el que se pierda antes de la ansiada estabilización del suministro de luz. Pero nos asalta la duda razonable… ¿Y si esto se prolonga?

    Nos preocupan las lagunas en los conocimientos que van a arrastrar los alumnos venezolanos de hoy, las cuales quedarán como baches en sus futuros procesos educativos, convirtiéndolos posiblemente en futuros profesionales que no tengan todas las herramientas y habilidades para salir adelante en sus labores. Y eso no es una buena noticia para Venezuela.
  • 23-03-2019
    “OEA y Venezuela”
    Entre las contradicciones que se registran a lo interno del gobierno madurista –y que se hacen visibles a todos desde afuera– sin duda una de las más interesantes es la voluble relación con la Organización de Estados Americanos.

    Y es que los desencuentros entre los personeros de dicha administración y la institución mencionada, son de muy vieja data. Tanto es así, que los funcionarios rojos lanzaron a los cuatro vientos su decisión de hacer que Venezuela abandonara el organismo.

    Sin embargo, de un tiempo para acá, han considerado nuevamente este foro como un escenario para exponer sus puntos de vista y más aún: para debatir con sus oponentes y luchar por conseguir legitimidad para su proyecto político.

    ¿Pero cuándo comenzó este rifirrafe?

    Podemos encontrar antecedentes interesantes hace ya una década, cuando la agencia de noticias alemana DPA, señala en un despacho fechado el 9 mayo de 2009 que “El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dijo este sábado que su gobierno podría retirarse de la Organización de Estados Americanos (OEA), luego de cuestionar un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que denunció la persecución del disenso político en el país”.

    Las declaraciones del entonces presidente de la República, recogidas en aquella oportunidad, decían: “Bien y entonces hay que preguntarse: ¿Para qué la OEA? Venezuela pudiera salirse de la OEA y crear o convocar a los pueblos de este continente a que nos liberemos de esos viejos instrumentos y a que formemos una organización de pueblos de América Latina, de pueblos libres”.

    Añadió, siempre según la misma fuente, que “el líder cubano Fidel Castro tiene razón cuando afirma que ese órgano de la OEA forma parte de la ‘burocracia imperial”.

    La Cancillería venezolana dijo en aquel momento que, a partir de 1999, con el inicio del "gobierno independiente y soberano del presidente Chávez, la comisión ha procesado más de 150 casos, sin metodología fundamentada en la objetividad y transparencia".

    Señaló también que la CIDH tenía para aquel entonces seis años relegando a Venezuela a la categoría de "Estados que por diversas razones enfrentan situaciones que afectan seria y gravemente el goce y disfrute de los derechos fundamentales, consagrados en la Convención Americana", a pesar de "no haber logrado comprobar violación alguna".

    La CIDH dijo en un informe que las prácticas en materia de derechos humanos en Venezuela merecían "especial atención", al igual que Colombia, Haití y Cuba.

    Y esa fue la chispa que encendió la pradera.

    Aunque, como vemos, desde el mismo momento en que se inicia el llamado gobierno revolucionario, ya hubo desencuentros con la institución.

    Para el 26 de febrero de 2010, el diario El país de España tituló: “Chávez ordena la salida de Venezuela de la CIDH”.

    Es el 28 de abril de 2017, cuando finalmente BBC Mundo reseña: “El gobierno de Venezuela cumplió este viernes con lo anunciado y presentó su carta de renuncia a la Organización de Estados Americanos (OEA)”.

    Y continúa: “La representante de Venezuela ante la OEA, Carmen Velásquez, entregó al secretario general, Luis Almagro, el documento por el que Caracas denuncia la Carta de la OEA, formalizando así su solicitud de salirse del ente multilateral”.

    La misma nota asegura que, “durante un acto en el Palacio de Miraflores en Caracas, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habría dicho: ‘¡Somos libres de la OEA y más nunca volveremos!".

    Sin embargo, volvieron.

    Hay que aclarar que se trata del primer caso en el que un Estado miembro solicita su retiro y que se debe transitar un engorroso proceso que, hasta el día de hoy, no ha sido completado.

    Pero sorpresivamente, el embajador ante esa instancia, Samuel Moncada ha vuelto a ocupar su silla para exponer los argumentos del gobierno al cual representa, y asegura que no dejará la tribuna, a menos que se obtengan los 24 votos de miembros que son necesarios para excluir a un país de la OEA.

    Esta afirmación, y en general las de las últimas semanas, contradicen a las que se habían venido registrando, que daban por malo todo lo que viniera del organismo.

    El asunto es que parece haberse entendido la caja de resonancia que es la institución en caso de necesitarse la exposición de argumentos para dirimir conflictos.

    Pero cuando se emprenden este tipo de acciones, hay que medir lo bueno y lo malo de las mismas. No es posible tener OEA cuando convenga y no tenerla cuando el resultado sea adverso.

    El ejercicio de la diplomacia –así como el de la justicia– requiere congruencia y coherencia, pero, sobre todo, conciliación y paz. Y tener como norte el entendimiento entre adversos y diversos.

    En todo caso, es bueno que de una forma o de otra, se reconozca el valor que tiene esta instancia en el actual momento venezolano.

    David Uzcátegui
 
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