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  • 18-05-2018
    “Eso es todo, amigos”
    Parafraseando la famosa línea final de los dibujos animados, bien pudo ser eso lo que dijo la empresa multinacional Alimentos Kellogg’s al anunciar su partida de Venezuela.

    Los creadores y comercializadores del emblemático cereal para desayunar Corn Flakes, así como de otros también muy conocidos, como Zucaritas, Choco Crispis y un largo etcétera, permanecieron en Venezuela durante cincuenta y siete años, con sus plantas y operaciones basados aquí, concretamente en la zona de Maracay, estado Aragua; si bien sus productos se comercializaban en nuestra tierra desde hacía ciento diez años.

    Con semejante historial, la marca ya formaba parte de la identidad del país, y sus productos eran cotidianos en la dieta del venezolano desde hace varias décadas. Igualmente, toda su imagen y sus personajes se habían integrado a nuestro día a día, formando parte de la nómina cultural de la venezolanidad, de esa venezolanidad que se construyó a lo largo del siglo XX, sumando tantos y tantos activos que llegaban a nuestras costas desde latitudes tan diversas.

    No solamente se trataba de una empresa que llevaba alimento a las mesas nacionales. También hay que ver la otra cara de la moneda: la del empleo estable que benefició a miles de trabajadores durante todos estos y que les permitió progresar y levantar a sus hijos, hacerse de los bienes a los cuales aspira toda familia y a los cuales por demás tienen derecho: vivienda, educación, automóvil. Al momento del cierre, entre cuatrocientos y quinientos venezolanos recibían su sustento de esta firma comercial.

    Sin embargo, la creciente partida de empresas multinacionales de nuestro país, ya no sorprende a nadie. Viene sucediendo desde hace rato y, parafraseando al Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, es la “Crónica de una muerte anunciada”. Entre los casos más sonados, podemos recordar las partidas de marcas como Clorox, Kimberly Clark y General Motors.

    La compañía había dicho en febrero que el deficiente acceso a materias primas y los escasos dólares para importar bienes debido a los controles cambiarios, perjudicaron la capacidad de la multinacional para continuar aquí. Ya venían reduciendo sus actividades desde tiempo atrás e incluso algunos productos emblemáticos de la fábrica habían desaparecido. Por si esto fuera poco, no escapó al ojo del consumidor más detallista el cambio en los empaques, debido a la falta de materia prima para hacer los tradicionales.

    Entre las razones para cesar por completo las operaciones se encuentran la situación económica actual y el deterioro del país, según las declaraciones ofrecidas en aquellos días. Aunque no se nombran los elevados índices de inflación, no cabe duda de que debemos incluirlos en la lista, muy especialmente cuando esta realidad no permite al consumidor adquirir lo que quiere, sino lo que puede. Una situación que, sin duda, incide en las caídas de las ventas de cualquier producto.

    Desde hace mucho tiempo, por parte del Ejecutivo nacional, se ha convertido en práctica el satanizar a la empresa privada. Adicionalmente, se le suma el perverso elemento complementario de señalar como nocivo todo lo que huela a extranjero, como si este país no se hubiera ensamblado de la suma de miles y miles de partes que llegaron desde todo el mundo. Como si la grandeza de Venezuela no residiera en su diversidad.

    Es particularmente triste la respuesta de la administración central al anuncio de la partida de Alimentos Kellogg’s.

    Lejos de un llamado al diálogo, de la búsqueda de una solución, del intento de cualquier acción para abrir la posibilidad de su permanencia, son señalados y estigmatizados, se les acusa de ser parte de un complot internacional, se amenaza con investigaciones y se pide la persecución en el exterior de sus representantes.

    Esta conducta es sumamente delicada en un momento tan complejo, en el cual otras tantas empresas luchan por seguir adelante, produciendo en el país y lo que se está enviando son señales que invitan a cualquier cosa, menos a la confianza.

    Ya ha pasado mucho tiempo desde los días en los cuales el ex embajador de Estados Unidos en nuestro país, John Maisto, decía que no hay que hacerles caso a las palabras del gobernante, sino a los hechos. Ciertamente, en un principio de este experimento político, acciones y discurso parecían seguir por caminos distintos; pero más de un agudo analista advirtió en aquellos tiempos que las palabras terminarían por convertirse en hechos y así fue.

    Actualmente, la retórica hostil contra todo lo que no sea oficialismo se ha enseñoreado en nuestro territorio, y el episodio de Kellog’s no es más que el botón de muestra de hoy, en un panorama noticioso de permanente turbulencia, ante el cual un país entero no puede alcanzar la paz y mucho menos el progreso.

    David Uzcátegui
  • 11-05-2018
    “Cantos de sirena”
    La próxima elección presidencial en México, ha estado revestida de polémica como pocas antes que esta. Y no es para menos, porque puntea en las encuestas el controversial candidato Andrés Manuel López Obrador.

    El asunto es que el aspirante en cuestión viene con un discurso y un accionar que recuerdan a otras experiencias políticas fracasadas en distintas latitudes, amén de no tener asidero en circunstancias viables para sacar adelante a un país.

    El señor López Obrador parece ser de esta camada de políticos latinoamericanos que apelan a decir lo que los electores quieren escuchar.

    Todos queremos vivir mejor, todos aspiramos q que nos resuelvan la existencia, es humano quiere pagar menos y recibir más. Y por supuesto, soñamos con un país, con un Estado idealizado que lo resuelva todo y nos llene de dádivas.

    Pero si conectamos por un instante con la sensatez, no cabe menos que preguntarnos de dónde va a salir ese maná de bondades. Porque hablando nuevamente desde la lógica y el sentido común, todo tiene un precio.

    Todo vale algo, nada es de gratis, todo sale de alguna parte. Pero ese no es un razonamiento que esté dispuesto a aplicar el candidato que apele a la emoción más que a la razón.

    AMLO, como se le conoce por sus iniciales, tiene la mesa servida. Las numerosas acusaciones de corrupción que han enrarecido la vida de los mexicanos, aunadas al desprestigio de la clase política, hacen que una ciudadanía indignada busque desesperadamente a un salvador. Y este astuto político lo tiene muy claro.

    De cara a las elecciones presidenciales de México el venidero 1 de julio, López Obrador se presenta como favorito. Las encuestas dan a este hombre de izquierda de 64 años una enorme ventaja, muy por encima de quien le sigue en intención de voto, Ricardo Anaya, un abogado de 39 años, del Partido de Acción Nacional (PAN) que encabeza una coalición de derecha e izquierda. El poco popular candidato del partido oficialista, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), José Antonio Meade, se encuentra muy lejos, en el tercer lugar.

    Por supuesto, los fantasmas del pasado reciente de la izquierda latinoamericana y sus estrepitosos fracasos, son el “bacalao al hombro” de este político. Picando adelante, ha intentado aplacar estos temores nombrando un equipo de expertos de alto nivel como su gabinete y ha prometido a los empresarios que no habrá expropiaciones ni nacionalizaciones si él gana. Así se adelanta a uno de los peores temores que puede espantar a su electorado, cosa que por cierto no parece estar sucediendo. La ira vengadora está por encima de cualquier riesgo que pueda encarnar este aspirante a la silla presidencial.

    Tiene otro punto a favor: fue alcalde de la Ciudad de México y su gestión, si bien polémica, no hizo que la sangre llegara al río, como se podía esperar. Fue bastante más prudente en su acción que en su verbo, aunque se le atribuya un sello indeleblemente populista y de paso, no haya sido tampoco particularmente brillante al frente de esa caótica ciudad, la más habitada del planeta.

    Es la tercera vez que aspira a llegar a la residencia presidencial de Los Pinos. Las dos anteriores fueron en 2006 y 2012, e incluso cantó fraude en la primera. Tras ello lideró una ocupación del centro de la ciudad de México que duró meses.

    Ahora, según muchos de sus seguidores – los humoristas los llaman AMLOvers- ha moderado bastante su accionar incendiario e incluso su vocabulario. Parece que la madurez ha hecho bien al llamado “peje”, apodo que debe a un pez caracterizado por su agresividad y por ser frontal en sus ataques.

    Sin embargo, aún inquieta cómo pretende cumplir muchas de esas promesas que lucen como cantos de sirena.

    Por ejemplo, ofrece diversas ayudas, como becas y apoyos para madres solteras, pero no explica de dónde saldrán, ya que lo ofrecido supera por mucho el presupuesto destinado al órgano encargado de ofrecer apoyos al pueblo, por lo que deberá aclarar cómo va a hacer para cumplir con las prebendas que promete.

    También propone realizar consultas al pueblo cada dos años para que decida si le permitiría continuar o no como presidente. Una promesa que a los venezolanos nos suena, pero que en México es inconstitucional, además de costosa y extremadamente populista. ¿Será que se lanza con una Constituyente para sacarla adelante?

    Sin embargo, el deseo de justicia y escarmiento que anima a muchos electores es como para enfrentar la ocasión con precaución. Ya sabemos en qué clase de tempestades pueden terminar estos vientos que llevan al poder a candidatos vengadores.

    Quisiéramos mejor suerte para México y para Latinoamérica en general. Pero ya sabemos que cada nación debe transitar su propia historia. Ojalá sea para bien.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 04-05-2018
    “El aumento que nadie quiere”
    El reciente Día del Trabajador se celebró, una vez más, con un aumento de sueldos y salarios. En esta oportunidad, superó el 95%, sin contar tickets de alimentación. Es esta una tradición que se pierde de vista en la cultura venezolana. Solamente que esta vez – y ya desde hace rato- no son muchos quienes celebran la noticia.

    Y esto se debe a que la ciudadanía, meridianamente clara, ha entendido que la seguidilla de aumentos salariales que presenciamos desde hace años no es motivo para alegrarse. Muy por el contrario, es sin duda una señal de alarma. Y el espectador desprevenido de la tragicomedia venezolana, que presencie el episodio desde afuera, se preguntará por qué.

    La respuesta es muy sencilla y la entiende quien tenga dos dedos de frente y no esté ciego por fanatismos: este es apenas un síntoma más de lo enferma que está la economía nacional.

    A estas alturas de la vida y ante los numerosos aumentos salariales de este gobierno, todos sabemos que no contribuyen a reforzar el poder adquisitivo, sino que, muy por el contrario, son el último eslabón de una cadena inflacionaria y por lo tanto llegan cuando ya hay muy poco que hacer por proteger el bolsillo del trabajador.

    Contrariamente a lo que se pueda pensar si se desconoce la tensa y compleja situación nacional, no son el punto final de la desgracia, sino el comienzo de otra nueva.

    Y es que un aumento de sueldos en medio de la situación económica adversa que padecemos, en primer lugar, no alcanza para nada. En segundo término, será pulverizado en cosa de días por la inflación indetenible, la verdadera causa de todo y que nadie pareciera poder atajar. Y finalmente, coloca una presión adicional sobre la escasa empresa privada que nos queda, que no produce dinero para pagarlo en una economía recesiva, viéndose obligada en el mejor de los casos a restringir los puestos de trabajo que ofrece y en el peor, como ya lo hemos visto tantas veces, a cerrar.

    Y es que no se puede obligar a troche y moche un aumento salarial en una nación que no es productiva, porque no genera riquezas ni recursos para pagarlo.

    Vean este sencillo ejemplo: esta semana el pasaje sube a 5 mil bolívares, mientras el banco solamente nos entrega 20 mil bolívares a sus clientes. Esto se va en dos días, y solamente en los pasajes. Se trata de una buena imagen de las desproporciones entre lo que un limitado sistema de corsés puede permitir ofrecer y las necesidades nacionales.

    Se puede manipular el discurso y alegar que ningún otro gobierno en el mundo da tantos y tantos aumentos salariales, que ningún otro país puede decir que les subió el sueldo a sus trabajadores a casi el doble. Se puede decir, sí. Pero, ¿quién se alegra?

    La respuesta es fácil: nadie. Y no se alegra nadie por la sencilla razón de que esos aumentos siempre son una consecuencia de la inflación y un aumento de semejantes proporciones, solamente sirve para refrendar los niveles de inflación que padecemos. Amén de que sabemos que está muy lejos de paliar las crecientes necesidades.

    Valga acotar que, si el sueldo se duplica, todos tenemos claro que esto es una medida de cuánto han subido los precios últimamente. Es un secreto a voces, que no se puede ocultar con un dedo porque todos lo padecemos en el bolsillo. Para muestra de lo que decimos, basta un botón: se trata del tercer aumento de sueldo en lo que va de año. Y cabe preguntarse qué ha sucedido con los otros dos, para que sea ya necesario un tercero, cuando ni de lejos hemos arribado a la mitad del año.

    Y lo más desolador de tan adverso panorama, es que por ninguna parte se ve aunque sea la menor acción encaminada en la dirección correcta. Pareciera que quienes gobiernan hoy no tienen la menor idea de cómo atajar una inflación y revertirla. Es más, pareciera que se disfrutara intentando apagar el fuego con gasolina, porque no hay explicación lógica a tanto despropósito junto.

    Para abatir la inflación, hay que producir. Y producir desde todos los flancos. Administración pública y empresa privada. Hay que elevar la oferta de productos en los anaqueles, para que la demanda sea ampliamente satisfecha.

    Hay que disciplinar el gasto público. El orden en las cuentas gubernamentales es esencial en países azotados por la inflación. Y de nuevo caemos en el tema de que no se puede cargar con todo el peso de las responsabilidades a un gobierno hipertrofiado, que se ocupa de cosas que no debe, que tiene que delegar a quienes lo puedan hacer mejor. Y es inquietante que, en semejante situación económica, la nómina pública supere los dos millones de personas.

    Hay que abrir las puertas a la iniciativa privada, apuntalara, confiar en ella. Porque no hay país en el mundo, por más petrolero que sea, que pueda alimentar a toda su población a partir del Estado.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 27-04-2018
    "Cable a tierra"
    El asunto económico en Venezuela se ha convertido en algo tan complejo, que cuesta seguirle la pista. Los recovecos y retruécanos con los que sorprende a cada momento la muy controlada economía nacional, nos hacen extremadamente difícil trazar un mapa de cuál es nuestra realidad a nivel de números.

    Sin embargo, de pronto encontramos entre la maraña de números y afirmaciones, un dato de muy buena fuente que nos hace pisar el freno y prestar atención. Según la empresa de consultoría y análisis financiero Ecoanalítica, la caída del ingreso de los venezolanos – entre marzo de 2017 y el mismo mes de 2018- alcanzaría 89,9%, de acuerdo con el índice de salario real. Esto se revela en su informe semanal, en el cual refleja el impacto de la hiperinflación en la economía y en el ingreso de los trabajadores.

    Para graficarlo con bienes tangibles y concretos, tomemos el ejemplo de algún bien de consumo cotidiano, como podrían ser los huevos. Con lo que se compraban diez unidades hace un año, hoy apenas se puede adquirir una.

    Esto no habla sino de una cosa: nos hemos comido la flecha en el manejo económico del país, y en lugar de sumar e incrementar a la calidad de vida del venezolano, hemos visto cómo se le resta cotidianamente, y en este caso, con números en la mano.

    También la empresa Ecoanalítica asegura que Venezuela habría entrado formalmente en inflación en noviembre de 2017.

    Si comenzamos a pelar la cebolla de esta noticia, encontraremos capas y más capas de matices que le dan una dimensión cada ve más compleja a este asunto tan lamentable.

    Como bien lo sabemos, como lo dicta la lógica y el sentido común y como además lo corroboran las empresas especializadas en estudios de mercado, cada vez más venezolanos destinan sus ingresos única y exclusivamente a la adquisición de alimentos y sin embargo ni siquiera este rubro elemental de la existencia lo pueden cubrir a plena satisfacción.

    Esto, para no hablar de cómo han quedado prácticamente desplazadas todas las demás necesidades humanas, como ropa y calzado, vivienda, transporte y un largo etcétera, a los cuales lo que se destina es prácticamente cero del presupuesto familiar.

    Y hay que ver otro matiz de esto: la caída del consumo de otros bienes que no sean los rubros alimenticios, ha desacelerado hasta niveles insospechados la comercialización de otros bienes y servicios que deberían ser de consumo masivo pero para los cuales hoy no hay recursos en muchos hogares, con lo cual la economía nacional recibe un torpedo en la línea de flotación.

    Y no estamos hablando de bienes superfluos o suntuarios, sino de artículos que deben ser parte de la cotidianidad de quienes vivan en una sociedad promedio.

    Tampoco se trata de hacer una oda al consumismo ni mucho menos. Habría que entender que el consumo trae el doble beneficio de satisfacer necesidades de la gente y de inyectar un dinero circulante a la economía a través de los comerciantes que reciben el ingreso por sus ventas y que a la vez lo redistribuyen al pagarle a sus empleados y proveedores, para que estos a su vez adquieran los bienes y servicios que necesitan.

    Quedan y mucho más allá de lo alcanzable otras aspiraciones legítimas, como vivienda y vehículo, las cuales demandan una capacidad de ahorro para la cuota inicial y de pago para el compromiso mensual que significan. Y una vez más, no se trata de consumo superfluo: es nada más y nada menos que el legítimo derecho, la lógica aspiración de cualquier familia en cuanto a constituir un hogar.

    Parafraseando a Martin Luther King, suponemos que somos muchos quienes temenos un sueño y no es otro que el recuperar la capacidad adquisitiva del venezolano, que se puedan cubrir todas las necesidades elementales con el ingreso por realizar una labor que beneficie a la sociedad y que pueda incluso permitir el privilegio del ahorro y del esparcimiento, que son dos elementos que nos hacen crecer como personas.

    Que el círculo virtuoso de la economía se revierta en números azules que recompensen la capacidad y el desempeño de cada uno y que con eso se asegure una calidad de vida para cada familia, en la cual tenga cabida la capacidad de crecer, de proyectar, de soñar. Y lo que es más importante aún: de hacer realidad esos sueños sin que ello se sienta como frivolidad o imposibilidad, sino como un legítimo derecho que forma parte de nuestra condición humana.

    Sí, pareciera que cada vez estamos más lejos de eso, pero mantener presente en nuestra conciencia que no solamente es posible sino imprescindible, nos marcará el rumbo hacia las metas, hacia lo que podemos y queremos concretar en nuestro futuro. Porque la mejor manera de hacer aterrizar los sueños, es comenzando por reconocer las realidades. Inlcuso si estas son demasiado duras.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 20-04-2018
    “19 de abril, ejercicio ciudadano”
    Sin lugar a dudas, el 19 de abril de 1810 -cuyo aniversario conmemoramos esta semana- representa el inicio del ejercicio de la ciudadanía en Venezuela. Al amanecer de aquel día histórico, el pueblo caraqueño acudía a los ritos del Jueves Santo y copaba la Plaza Mayor.

    El Capitán General de Venezuela, Vicente Emparan también se dirigía a la Catedral, pero antes de llegar fue abordado por un puñado de criollos, quienes lo invitaron a dirigirse al Cabildo.

    Una vez en el lugar, Juan Germán Roscio y José Félix Sosa le hablaron de la necesidad de formar una Junta de Gobierno, desconociendo al Consejo de Regencia que se había instalado en España, en reemplazo de la Junta Central de Sevilla.

    José Félix Ribas, Francisco José Ribas, Gabriel Ponte y Francisco Javier de Ustáriz alegaron que aquel órgano gubernamental en suelo español se había formado sin el voto de los venezolanos y que por lo tanto, no le debían obediencia. Esta es, entonces, la primera ocasión en la cual se defiende la importancia del sufragio en el suelo venezolano para quienes nacieron en él.

    Lo más anecdótico y a la vez lo más trascendental de este día histórico, sucede cuando, de manera por demás determinada, el clérigo José Cortés de Madariaga le solicita a Emparan su renuncia.

    La propuesta era que el mando pasara a una “Junta Suprema conservadora de los derechos de Fernando VII”- el Rey depuesto-, integrada por venezolanos. El Capitán General lo rechazó, asegurando que la mayoría del pueblo lo apoyaba. Para confirmarlo salió al balcón y cometió el error de preguntar a los caraqueños congregados en la Plaza Mayor si estaban contentos con su mando y deseaban que continúe su gobierno. Detrás de él, Madariaga hizo un gesto de negación con la mano, con lo cual consiguió que los presentes respondieran: “¡No lo queremos!”. Emparan respondió entonces: “¡Pues yo tampoco quiero mando!”. Renunció y se marchó a España.

    Los originarios forjadores de la independencia y la ciudadanía venezolana habían obtenido su primera victoria sin derramar una sola gota de sangre.

    Si bien era apenas la primera semilla, la primera piedra de lo que sería un largo, complejo, doloroso y sangriento proceso; fue quizá y sin duda el acto más civil y civilista de aquella gesta.

    Lo primero a destacar es el hecho de que sus propulsores habían nacido en suelo venezolano, y por lo tanto se comienza a entender que constituíamos otro gentilicio, con derechos a la determinación sobre nuestro propio territorio y a decidir formas de gobierno y funcionarios que la saquen adelante.

    El improvisado e imprevisto episodio de Emparan consultando a la gente desde aquel balcón se tradujo en el primer acto de votación popular realizado en nuestras tierras, de una manera totalmente transparente y a la vista de todos, a tal punto que el aludido Capitán General no tuvo más remedio que dimitir, ante la inocultable manifestación de la voluntad de la gente.

    La serena etapa colonial, que ya superaba los trescientos años, es abruptamente interrumpida gracias al conocimiento, a la conciencia, a los movimientos liberales y libertadores que se daban en forma previa y paralela, no solamente en América, sino también en otros rincones del planeta.

    Las nuevas formas de organización de las sociedades se expandieron de manera por demás rápida, tomando en cuenta el momento histórico en el cual aconteció todo esto. El pase de página terminó siendo irreversible y nos comenzó a hacer dueños de nuestro destino, un derecho inalienable que se ha ido reafirmando paso a paso, en los últimos dos siglos.

    Desde la visión que hoy tenemos del 19 de abril de 1810, hay que celebrar que nacimos como nación con el pie derecho. Fue a partir de un diálogo, las diferencias se debatieron, la gente manifestó su decisión y esta fue acatada por la autoridad.

    Y valga el comentario para reconocer la actitud de Vicente Emparan, quien optó por consultar a los presentes y, a pesar de que la respuesta le fue adversa, no ofreció resistencia y decidió renunciar. No siempre se menciona que su reacción ha podido ser la opuesta y complicar así las cosas hubiera sido muy sencillo para él. El final sin duda hubiera sido el mismo, pero por senderos más tortuosos.

    Que esta conciencia no se pierda. Que se cultive, que crezca. Que exista la más absoluta certeza de que los venezolanos, como cualquier ciudadano del mundo, tenemos el derecho de autodeterminarnos. Que no es una concesión ni un obsequio, sino un derecho inherente a nuestra condición humana. Que si alguna vez nos fue embargado, ya lo reconquistamos. Que si se nos vuelve a confiscar, debemos volver a exigirlo. Y sobre todo, a ejercerlo. Somos los dueños de nuestro destino como colectividad y eso no tiene vuelta de hoja.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
  • 13-04-2018
    “Cuando el petróleo no nos alcance”
    El pasado mes de enero de este año, el diario El Espectador de Colombia tituló reseñando que la “Producción petrolera de Venezuela cayó casi 12% en diciembre”, según la Organización de Países Exportadores de Petróleo, que es la fuente citada.

    La información no sería inquietante si hubiéramos escuchado aquellos consejos de venezolanos que debemos tener muy presentes, como Arturo Uslar Pietri o Juan Pablo Pérez Alfonso. La manoseada frase de “Sembrar el petróleo”, que a muchos pareció tan plausible y que se utiliza cuando conviene; pero que lamentablemente, jamás nadie puso en práctica.

    EL hecho es que no solamente no la escuchamos, sino que hoy somos más dependientes que nunca de esa industria. Nos quedamos monoproductores y monoexportadores. Pero lo que jamás se pensó fue en el declive de la productividad de esta industria.

    Y para hacer la desgracia completamente redonda, como una tragedia griega, este revés en la principal industria que sustenta al país, se da en momentos en los cuales no podemos echar mano a otro bien nacional.

    Por si fuera poco, mientras nosotros nos miramos al ombligo, el mapa petrolero mundial cambia segundo a segundo, y a paso de vencedores. Aparecen nuevos productores, nuevas tecnologías que multiplican la eficiencia de la producción a niveles exponenciales y mucho más allá; mientras de manera paralela el petróleo como fuente energética es sustituida con alternativas como la solar o la eólica. Los carros híbridos y eléctricos ganan terreno de manera impresionante en el mundo entero.

    Bien que se dice que es inútil llorar sobre la leche derramada. Pero es que lo que no tiene explicación alguna es el hecho de que Venezuela pase por esto cíclicamente, y vuelva a caer en la misma trampa del inmediatismo sin visión de futuro.

    Lo que puede marcar la diferencia en esta oportunidad, es que bien pudiera ser la última vez que vivamos el ciclo.

    Como ha sucedido antes en nuestra historia, tuvimos un gran boom petrolero en la década pasada. Y como siempre, obedeció a factores externos, como la invasión a Irak, que disparó a los cielos el precio de los hidrocarburos.

    Esa monumental montaña de ingresos ha debido ser aprovechada en educación, en infraestructura. En llenarnos de hospitales, de escuelas, de vías de comunicación. En capacitar personal para la industria turística, en formar docentes, entre tantas otras urgencias. En una palabra: en inversión. Pero no fue así.

    Noruega, por ejemplo, llegó mucho más tarde que nosotros a la parranda de la fiesta petrolera. Mientras nosotros ya superamos el siglo de historia en este apartado, los nórdicos apenas llegan a la mitad.

    Sin embargo, ellos a punta de ahorro e inversión, ni se enteran de los bajones del mercado petrolero mundial. A nosotros, los predecibles e imaginables altibajos de este negocio, nos afectan casi como una ruleta rusa.

    Pero la cosa, insistimos, es que esto va más allá. Ya no se trata de que el petróleo cueste menos. Es, sencillamente, que ahora tenemos menores capacidades para producirlo. Y hasta donde nos alcanza la mirada, no hay Plan B.

    Esos fabulosos montos ingresaron, dieron para todo. Hasta para comprar todo lo que consumíamos en el exterior, por solamente dar un ejemplo. Una conducta que fue como dispararse en el pie, porque hoy no tenemos industria. Y ya no hay divisas suficientes para hacer ese mercado en otras tierras.

    En una onda de autocrítica, si algo ha hecho daño a la venezolanidad es ese orgullo por el petróleo. Nos quedamos en lo que ahora se denomina como “la zona de confort”, en un bombeo de pozos que se pensaba iba a ser permanente, algo que se puede entender en la población pero que es una conducta inexcusable para los gobiernos. Para los de antes y para los de ahora. Para todos.

    Antes los precios del petróleo iban y venían, con lo cual nuestro sistema económico sufría altas y bajas. Pero ahora es mucho más que eso. Se trata de un cambio en el mercado petrolero mundial, aunado a una merma en las capacidades de nuestra propia industria puertas adentro. En pocas palabras, la tormenta perfecta.

    Presumimos de tener las mayores reservas petroleras del mundo, pero sobre este tema cabe una gran pregunta: ¿tenemos la tecnología para extraerlas, procesarlas y comercializarlas? ¿Tenemos al personal calificado? Porque sin estos elementos, dichas reservas no pasan de ser una frase presuntuosa.

    Parafraseando al escritor Gabriel García Márquez, ¿se dirige el sistema rentista venezolano hacia una muerte anunciada? Esto debe suceder en algún momento. Si no es por decisión de las autoridades del país, será por el mismo cambio de la dinámica mundial, en la cual no parecemos estar insertados. Sería muy lamentable que ocurriera por la segunda opción. Pero parece ser hacia donde nos dirigimos hoy.

    David Uzcátegui
    Twitter: @DavidUzcategui
    Instagram: @DUzcategui
 
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