10 de abril 2020

Se continúan sumando los días de convivencia entre la humanidad y el coronavirus COVID 19, las semanas se convierten ya en meses. Se sabe más sobre él, pero a la vez vuelven a reflotar dudas que ya se creían superadas.

Los científicos libran una carrera contra reloj, no solamente para una vacuna –debemos aceptar que tomará tiempo–, sino también para atajar la cifra de decesos hasta que se pueda encontrar el tratamiento preventivo.

Por ahora, los protocolos para disminuir el impacto en las sociedades, parecen relativamente estandarizados: lavado de manos, extremar la higiene, las mascarillas, el distanciamiento social. Y a todo ello agreguemos la cuarentena, o el ya famoso lema de “Quédate en casa”.

Esta última ha sido una herramienta efectiva y útil, ya que ha prevenido que las cosas empeoren y hasta ha logrado estabilizar –no disminuir, hasta el momento– el aumento de contagios en ciudades tan castigadas como Nueva York. Y esperemos que, más temprano que tarde, se pueda hablar de que se están revirtiendo las cifras, como se reporta que ya sucede en China.

¿Por qué es esta la fórmula que parece más acertada ante la incertidumbre? Pues porque es la manera de “aplanar el pico”, como hemos leído y escuchado en los medios de comunicación.

Se trata de postergar lo más posible el punto más alto en la cantidad de infectados, y que cuando se llegue a ese momento, la imagen se asemeje más bien a una meseta, menos aguda y más prolongada. ¿Por qué? Pues para dar a los centros de salud la oportunidad de prepararse, para que se produzcan los medicamentos que traigan alivio, para evitar al máximo el colapso del recurso humano de los hospitales y en pocas palabras, para estar preparados de la mejor manera posible. Y por supuesto, para dar a la ciencia el mayor lapso posible en su carrera por encontrar recursos de alivio y prevención.

Sin embargo, con el tiempo corriendo y sin suficientes certezas en la mano, se abren incógnitas e interrogantes a las cuales hay que poner atención.

Quizá la más importante sea: ¿se puede mantener indefinidamente una cuarentena ante las incertidumbres que rodean a la pandemia?

Este es el dilema de muchos líderes y gobernantes en este momento. Cuando el aislamiento en los hogares va sumando semanas y las actividades económicas están a media máquina, comienzan a preocupar las víctimas colaterales de esta crisis.

Y es que lo que muy probablemente sea una posible recesión en puertas, también puede traer en su rebote la pérdida de vidas, incluso por hambre, ante el disparo del desempleo.

Por otro lado, no a todos les está permitido, por su condición económica, quedarse indefinidamente en casa sin trabajar. Tampoco es privilegio de mayorías el poder seguir trabajando desde el hogar.

Quienes son partidarios del aislamiento total y prolongado, defienden su punto de vista asegurando que están enfocados en salvar vidas y consideran egoísta el poner la economía en la mesa de discusión.

Ciertamente, la prioridad debe ser salvar vidas. El aislamiento ha demostrado su efectividad. Pero el paso de los días implica la revisión y el reajuste de las estrategias.

Una de las alternativas es mantener estricto distanciamiento social, apuntalado por el uso de mascarillas, los guantes y el lavado de manos. Tomar cuidado de grupos vulnerables, como los adultos mayores y los enfermos crónicos. Y estudiar entonces cuáles actividades pueden ser retomadas paulatinamente.

Porque, en el otro extremo, debemos tener en cuenta que la seguridad de quienes caigan afectados por el COVID19, depende del buen funcionamiento de hospitales y de otros servicios conexos. Y estos a su vez, de trabajadores que salgan a prestar sus servicios.

Tampoco podemos olvidar a los afectados por otros cuadros de salud; así como a los grupos vulnerables de la sociedad. Y ellos serían las primeras víctimas de un cuadro económico adverso. Eso también costaría vidas.

Incluso en la ciudad de Nueva York se ha permitido a los residentes salir a hacer ejercicio al aire libre. La actividad física y la exposición al sol pueden ser potentes recursos, no solamente frente al coronavirus, sino también ante afecciones colaterales como la no menos letal depresión o el sedentarismo que puede agravar dolencias preexistentes, como la diabetes o la hipertensión.

Opinamos que debemos extremar los cuidados; pero también apuntalar la realización de actividades imprescindibles e ir ampliando la reactivación de otros ramos de la cotidianidad, dejando para las etapas finales aquellos que requieran realizarse en grupos en espacios reducidos.

En pocas palabras: información, sensatez y prudencia. Una mezcla que permita que seguir adelante sin dejar de cuidarnos.

David Uzcátegui

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