8 de mayo 2020

Ya en el ojo de este huracán que ha significado La pandemia del coronavirus, comienzan a ponerse sobre la mesa las medidas para salir de esta situación de alarma e ir retomando poco a poco la vida normal.

Que se piense en esto es lógico, ya que el impacto en la economía mundial ha sido apreciable, contándose esta crisis entre las peores de las que tenga registro la historia. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, considera a este virus como la más grave amenaza a la economía mundial en una década, bajando las previsiones de crecimiento para este año a 1,5%, en contraste con el 3,2% que se había logrado en el año anterior.

La discusión es, por supuesto, para intentar la difícil misión de conseguir el equilibrio entre el daño económico y la protección de la vida de la gente. Lo cierto es que, si el boquete en la economía sigue creciendo, podríamos desbordarnos más pronto que tarde por otra crisis, esta vez de gente sin empleo o alimento.

Y a esto hay que agregar el daño sanitario que también está causando la incertidumbre, el confinamiento, el encierro, la depresión y la tristeza que han venido de la mano para quienes han seguido las instrucciones de aislarse socialmente; e incuso para quienes se han visto obligados a salir para buscar su sustento, pero lo hacen en medio de un panorama desolador, que también atenta contra su salud por el nivel de tensión que genera.

Ciertamente, antes de tomar decisiones, se deben considerar que la situación que vivimos no tiene antecedentes, y es lógico que tenga graves consecuencias tanto en el sistema de salud como en la economía del mundo.

No hay duda de que el COVID-19 nos ha marcado un antes y un después. Por si esto fuera poco, el futuro inmediato está lleno de dudas, ya que todavía no se encuentra una vacuna para prevenirlo y los medicamentos para los contagiados aún están en entredicho.

La verdad es que todo sucedió muy rápidamente y las medidas de contención sanitarias se han tomado con retrasos en la mayoría de países. Si se mira hacia atrás, muchas cosas se pudieron haber hecho mejor.

Mientras el mundo reaccionaba perplejo y con incredulidad, el virus saltaba fronteras, volaba en avión y se adueñaba del planeta, literalmente. Hoy está presente en aproximadamente 220 países.

La dura verdad es que nuestro planeta seguirá viviendo con COVID-19 hasta que haya una vacuna eficaz contra el virus. Según estimaciones de expertos, esto podría tomar entre 1 y 3 años. La amenaza podría entrar en una fase latente; pero reactivarse hacia finales de año. Tenemos que aprender a vivir con el coronavirus. Y esto significa volver a trabajar con esa amenaza rondando. Pero hay que volver.

Debemos proceder cuidadosamente para asegurarnos de no crear una ola que nos envíe a todos de regreso a nuestras casas; y que mucho menos ponga en riesgo nuestras vidas.

Para prevenir que acontezca un segundo brote de la enfermedad, tras levantarse las medidas de aislamiento, es necesario que el regreso a las actividades de trabajo y sociales se efectúe de manera progresiva. Las autoridades tienen que prever la gestión del retorno a la normalidad.

Según lo que estamos viendo en los países cuyos habitantes ya comienzan a retomar sus tareas paulatinamente, parece que la apertura por fases es el consenso a nivel internacional.

Existe la probabilidad de que las ciudades que vayan abriendo, experimente brotes de COVID-19 que los obligarán a volver a las fases anteriores del plan; pero cuanto más cuidadosos sean los residentes y las empresas en seguir cada fase, más rápidamente volveremos a nuestros quehaceres habituales de manera segura.

El distanciamiento social ha disminuido el ritmo al que se propaga la enfermedad. La tasa de transmisión ha bajado en algunos lugares hasta el punto en que el número de casos nuevos ya no aumenta. Sin embargo, la amenaza de un retorno a los aumentos exponenciales permanece allí.

Los epidemiólogos y los expertos en enfermedades infecciosas están de acuerdo en que, en ausencia de un distanciamiento social estricto, los números volverían a aumentar.

Es fundamental que haya grupos de especialistas en todas partes, para que recojan bien la información, sepan procesarla adecuadamente y permitan a las autoridades ir tomando paulatinamente las decisiones de levantamiento escalonado de las medidas restrictivas.

Debemos actuar con racionalidad y serenidad, sin desbordarnos por la inacción, la angustia colectiva o el estrés emocional de cada individuo. Hay que proponer las mejores medidas para frenar y prevenir el daño que nos pudiera estar esperando a la vuelta de la esquina, sin que esto implique permanecer en la inactividad. Acción y prudencia, son los dos platos que se deben equilibrar en la balanza.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

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